17 julio 2008

Barcos y más barcos.

Desde muy chiquito (creo que ya lo dije acá, pero tengo fiaca de buscar) tuve pasión por las novelas y ensayos con barcos -en general-, y con barcos a vela -en particular.- Tendrá que ver, supongo, con la herencia familiar, ya que la mitad de ella viene del Golfo di Manfredonia, y que incluye dos familiares marinos (mi abuelo y mi tío) a quienes conocí personalmente.
Leí lo que me cayó en las manos: Salgari y el Corsario Negro, Defoe y Robinson Crusoe, Melville y Moby Dick, Stevenson y la Isla del Tesoro, y otro sinnúmero de obras en las que los barcos cumplían roles pequeños pero fundamentales, como las historias de piratas mediterráneos de Cervantes.

Una vez crecido, me llegó el turno de mi admirado Conrad, con La Tempestad y su Corazón de las tinieblas; releer Moby Dick con otros ojos y suspirar esperando que alguna novela del autor mayor del género, Patrick O'Brien, cayera en mis manos (terminó siendo Capitán de Mar y Guerra, de la larga serie sobre el Capitán Aubrey y el enigmático médico irlandés, Maturín).
Leí hace poco Trafalgar de Roy Atkins, la "biografía" de la batalla, con fruición -a pesar de ser un libraco- como así también me entretuve con dos libros de la serie de James Nelson y las historias de Marlowe en la América colonial. Y quiero más, porque Nelson no es Melville, pero sabe de barcos como un auténtico fanático.
Ahora cayó en mis manos En el corazón del mar, de Nathaniel Philbrick (qué nombre más digno de una novela de aventuras decimonónica), que es una novela ensayo sobre la historia real que inspiró a Melville a escribir Moby Dick: veintiún hombres fueron dejados a la deriva en lo más profundo del Océano Pacífico a bordo de tres balleneras, después de que un cachalote enfurecido hundiera su barco. El libro es otra impresionante muestra del alma humana cuando es puesta en una situación insostenible: comerse a otro ser humano para seguir vivo. No me extraña que Melville haya preferido la historia previa (al contrario de lo que Jack London hubiera hecho), evitándose recrear los detalles más escabrosos. Obviamente, la novela de Melville trasciende la anécdota (y lo ha hecho hasta el punto que eclipsó el hecho real que la inspiró) por la potencia de sus personajes, sobre todo -y perdón la verbigracia evidente- el terrible Ahab.

Haciendo un aparte de los libros de marinería, tengo que reconocer también mi debilidad por las historias de ficción basadas en hechos reales -y en sus noticias-. Como le oi decir alguna vez al escritor Juan Terranova (creo que en "Ver para leer"), uno de los ejercicios del escritor debiera ser leer las noticias. No sólo es construir la crónica como una especie de gimnasio estilístico, sino poner a la misma verosimilitud de los hechos en distancia y explicarlos desde la empatía, el horror, o una comprensión que no fue contemporánea a los hechos.
Así, Los Hermanos Karamazov, de Dostoievsky (se dice que un compañero suyo de trabajos forzados, en la Siberia zarista, fue condenado injustamente por matar a su padre), la imprescindible Madame Flaubert, de Gustave Bovary (¿o era al revés?) nació de una historia real muy comentada en los diarios de entonces. La obvia alusión a Capote y su A sangre fría, donde la crónica y la noticia fueron tan cercanas que hasta el mismo Capote se convirtió en sujeto de la historia (como pide el manual del "Nuevo Periodismo").

Volviendo al tema marítimo, el propio O'Brien usó los diarios de época para relatar las acciones más resonantes de la guerra napoleónica en el mar, dando a su capitán la veracidad de combatir batallas que realmente ocurrieron.
Tengo en la gatera a Sandokan (increíblemente, no la leí de chico) de Salgari y otra de O'Brien. (El Surprise). Estoy detrás de la novela de Pérez-Reverte sobre Trafalgar, y la trilogía sobre el Bounty de Charles Nordhoff y James Norman Hallque anda por ahí (de la que sólo consigo la primera novela, que habla del motín).

Lamento no ser más cool. Podría ser un comiquero redomado y tenerlos horas hablando de las incongruencias de las películas de superhéroes con su correlatos en sus primigenios tebeos. O Star Wars (Eru me libre). Y ya que mentamos a Eru, podría matarlos de interés sobre la Tierra Media y sus ladrones (me refiero a los que siguen currando con el viejo Tolkien, compartan apellido o no).
Pero no, disculpen: prefiro largar todo el trapo -las alas y los sobrejuanetes incluso- ahora que hay brisa favorable por la amura de estribor, sentir las olas crepitar musicalmente al abrirse a la roda, gobernar firmemente la derrota a sotavento mientras el contramaestre insulta a todos los marineros de segunda, como pide su oficio. Yo, el Capitán, desde mi lugar en el alcázar, enciendo mi equipo de audio de 10.000 watts RMS y me dispongo a dejar vagar mi cabeza al sonido de: