10 junio 2008

Rivotrilandia

Se miró en el espejo del baño y le costó enfocar sus propias pupilas (¿la habrían empastillado?). Estaban tan dilatadas que ocupaban casi la mitad del iris.
Su hipotálamo -siempre alerta- intentó reaccionar al peligro que eso significaba, incapacitada de ser ella misma, pero fue incapaz. La sospecha de ser objeto de una manipulación le trajo el recuerdo de su sempiterna furia, temida por sus asistentes y secretarios (y culpable a medias de muchos de los problemas en los que se encontraba metida ahora), e intentó encenderla, pero era evidente que los leños estaban empapados con ignífugos fármacos.
Sonrió a la mujer que estaba frente a ella. Alcanzó a notar el detalle de sus pestañas llenas de rimmel, los labios carnosos (ya casi normalizados después de la última aplicación de bótox) y el pelo cuidadosamente peinado.
Golpearon la puerta del baño. Anunciaron que ya era hora de enfrentarse con los leones.
Volvió a repasar internamente su speech. Si bien nunca leía en público, le habían insistido en que repasara todo el fin de semana ciertos párrafos que debían decirse con sumo cuidado. Su papel de madre la obligaba, le dijeron. "Acá son todos machistas, el macho cabrío tiene que existir, pero 'la vieja' es intocable".
El papel de madre, no lo olvides -se dijo-, obliga a retar pero también a acariciar. Como otras madres que dan el cachetazo a tiempo, pero que deben terminar con los rencores rápidamente. Volvió a sonreír. Eva, la propia Eva, fue una madre para los descamisados.
Volvieron a golpear la puerta al tiempo que la abrían. Era la edecán anunciando que todo estaba dispuesto.
Él no iba a estar presente y todos iban a notarlo. Quiso sentirse fastidiosa cuando se percató de ello, de las maledicencias de la prensa, sus especulaciones y los utilitarismos que representaban. No pudo sostener la indignación porque se distrajo con algo sin importancia. Le sonrió a su secretario privado, que contestó la sonrisa con una mirada de temor, aunque notó las pupilas dilatadas y se animó a sonreír a su vez.
La edecán la tomó del brazo y la condujo al atril desde donde, en minutos más anunciaría un plan pergeñado por su esposo, el Macho Cabrío, que dejaría sin argumentos a sus enemigos (los enemigos de él) y que pondría otra vez a "la gente" del lado del Gobierno. De su lado, del lado de la madre Eva.
El recuerdo tibio de esa vehemencia que era su rúbrica discursiva intentó colarse cuando vio las cámaras. Sin embargo, percibió la condescendencia de la corte. La mayoría estaba ahí por obligación, sabía muy bien qué pensaba cada uno. Están hartos del conflicto y me echan la culpa -pensó- pero acá están. Tenía informes de inteligencia en su escritorio que así lo aseguraban. Sabía cuánto le costaba la fidelidad de cada uno y qué poco necesitaban para ofenderse.
Subió al estrado. Le sonrió a alguien de pelo blanco y porte distinguido que le hizo un gesto de simpatía desde la primera fila.
Respiró profundo, ostensiblemente. El silencio ganó el espacio.
Tomó ambos micrófonos con la punta de los dedos y comenzó el discurso.