06 junio 2008

Mala hierba

Siento un odio entripado por algunos personajes de la historia argentina. Sarmiento, Lamadrid, Urquiza, Mitre. No, no me acusen de rosista: tampoco Rosas me parece alguien digno de admiración, aunque no sienta odio por él. Y no es mi intención explicar por qué, justo ahora. Para poner como contrapeso, el General José María Paz.
Antes bien, nada se compara al odio profundo que siento por Lavalle. Petiso mal llevado, garca e incapaz de sacarse de encima ese tufillo patricio español que nunca lo abandonó (y que fue la razón de la inexistencia de su familia en todas las gestas de Mayo).
Asesino cruel e innecesario de Dorrego (que está en mi top five de los que sí quiero, sobre todo por su carta final, minutos antes de ser fusilado), capaz de todas la agachadas posibles y cuyo mentor (Salvador María del Carril, ideólogo de la muerte de Dorrego) es otro al que se la tengo jurada.
Cada vez que paso por la plaza de Tribunales (una vez al día, como mínimo) puteo su estatua en el medio de la calle Tucumán. Aún no entiendo como, entre tanto vandalismo estúpido, no la tiraron a la mierda en alguna asonada de las que tanto hubo en estos lares.
No faltará la ocasión.