01 julio 2008

Las palabras y los Borbones

Si hace 300 años se oía a un francés -en pleno absolutimo Borbón- hablar del "bienestar del pueblo" se lo conducía lisa y llanamente a las mazmorras por revolucionario, antimonárquico y, seguramente, se lo acusaba de traidor inglés. Eso era hablar de política, algo que para los Capetos era una falta intolerable para con su poder, emanado del mismo Dios.

Hoy, hablar del bienestar del pueblo no significa nada, es una generalidad; como muchas palabras han sido convertidas en generalidades sin contenido: "oligarquía", "populismo", "peronismo", "justicia social". Hasta hablar del "pueblo" no quiere decir nada porque hay que andar aclarando qué pueblo, dónde vive, qué hace, o a quién vota.

En estos días de revoltijos, escándalos y rechinar de dientes hay que estar más atento que nunca a las palabras y evitar los discursos sin definiciones concretas. Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar. La política ya no es más que un montón de palabras cuya verdadera arena es la semántica.

¿El bienestar de qué pueblo, a qué costo y por qué? Más palabras huecas llenan el éter: el pueblo desposeído, los descamisados, Doña Rosa, los ricos, los pobres, la redistribución, el reparto de la torta, y un larguísimo ufff. Si le agregamos el uso del gerundio para las evasivas (con este pequeño esfuerzo estamos haciendo un país mejor), del abuso del subjuntivo para las elipsis y (otro largo ufff) tenemos para varios soponcios. Pero agreguemos que todos (todos los que aparecen en los medios) aparecen no una, ni dos ni tres veces, sino CIEN VECES, aclarando lo que dijeron antes, oscureciéndolo más, reafirmando lo que dijeron ellos y negando lo que dijeron otros, estamos ante la peor crisis de la dialéctica (desde que se inventó la palabra "si" como condicional).

Esperen, todavía tenemos que adivinar las palabras que se esconden en el discurso: garca, gorila, puto, gato, milico, panqueque, cartonero, negro, gordo, lacra, bolita, vendepatria, golpista. Palabras que definen más al que las evita que todo su corpus doctrinario.

¡Basta! ¡Me quiero volver chango!

(je, encima, leer un texto al estilo "negritas" de ciertos medios es insoportable)