30 junio 2008

La Hidra y yo.

Para quienes creen que no tengo autocrítica, he aquí una confesión:
En los años finales del gobierno alfonsinista formé, junto con algunos compañeros, una fuerza política local que apoyaba a Carlos Saúl Méndez. Éramos cuatro o cinco pibes en un pueblo puntano de serranías, llenos de fervor político e inquietud social.
El riojano patilludo hablaba en todos lados de la "revolución productiva", el "salariazo", y el federalismo. Nos advertía sobre los peligros del "aparato" de los ortodoxos y denunciaba la dependencia del entonces presidente Alfonsín con ciertos nefastos personajes, la tan difamada "Coordinadora". Había sido un preso de la Dictadura y lo decía en cada oportunidad.
Ganamos la interna contra los cafieristas sin siquiera saber qué estábamos haciendo: los cargos de nuestra lista eran casi todos de amigos que, hartos de pelear contra el poder de los Rodríguez Saá y poco identificados con Cafiero, nos habían apenas autorizado para usar sus nombres aunque jamás pensaron en la posibilidad de asumir. ¿Qué se podía esperar de cuatro locos?
Vistos los resultados, la efervescencia dominó hasta a los más timoratos y aparecieron entusiastas por todos lados; éramos héroes, sí, pero éramos también apenas unos pendejos desfachatados. ¿Qué sabíamos nosotros de política? Nos endurecimos. Como nuestro objetivo era poner a los mejores (también éramos idealistas) cedimos las candidaturas a los candidatos más potables del pueblo: profesores, trabajadores, artistas. Todos nos dijeron que sí. Ganamos la general por más del sesenta por ciento de los votos en los cargos electivos comunales, con más votos que el propio Méndez. Pusimos tiempo y dinero de nuestros bolsillos.
Días después, en plena híper alfonsinista, el Turco hizo correr por los canales internos parte de su genial plan: olvidarse de todo lo dicho en la campaña y pactar con el establishment (Bunge y Born) el plan económico, hasta el punto de que iban a darles el ministro de economía. Chau revolución productiva, salariazo y promesas electorales.
Estaba desolado. Quería ir a La Rioja y reventar al traidor ahí mismo. Hubo gente que me lo anticipó: "lo van a limpiar". Esperamos, sin embargo, a que algo pasara. El peronismo que formó a mi abuelo, a mi viejo, y a mí mismo, tenía que pedirle explicaciones al nuevo presidente por su defección. Nunca lo hizo, se replegó sobre el poder -como siempre hace- y, con esa maniobra, me expulsó. Los indultos fueron el cachetazo final, aunque todavía me dolían los viejos acuerdos tras bambalinas que hicieron Vicente Leónidas Saadi y Raúl Alfonsín con las leyes de Punto Final y Obediencia Debida (gracias a los que el catamarqueño ligó algunas embajadas que tuvieron que ver, más adelante, con mi historia familiar). Decreté que el peronismo no era para mí. Demasiadas cabezas tiene la hidra y ninguna se hace cargo del cuerpo completo. Todas creen ser únicas.
No soy capaz de hacer un epílogo ni una moraleja. Tengo demasiada vergüenza por lo que hizo Méndez gracias a mi modesta ayuda.
Cada uno que saque sus propias conclusiones.