13 junio 2008

El precio del metro cuadrado

¿Cuánta gente, en este mundo lleno de cosas importantes y urgentes, esconde sus sueños, placeres y ambiciones en esa parcelita interior de un metro cuadrado que sobrevive a todo pero que es inexpugnable para los demás? Supongo que mucha y diversa.
Los habrá que compraron objetivos ajenos junto con cariño y compañía, los que sufrieron el recorte de las alas junto con un diploma y otros que, simplemente, se cansaron de buscar el final del arco iris, perdieron el recuerdo del olor a lluvia, olvidaron qué sentían al percibir esa tibieza vecina en la fría madrugada, desistieron del orgullo de ser lo que nadie espera o muchas otras cosas, tantas como sueños y seres humanos haya.
Entre las demandas del vivir, las urgencias de lo indiferible, las exigencias de los compromisos, ese metro cuadrado cumple una misión importante: mantenernos vivos. Nos guía el anhelo de que una vez acalladas las demandas, satisfechas las urgencias, cumplidos los compromisos, seremos capaces de ir hasta allí a buscar a ese niño que quería ser astrónomo, músico, escritor, labrador y/o bombero. Quizá descubramos, con pavor, que el niño está demasiado crecido, trabaje en una cabina de cobro de peaje o que, simplemente, haya muerto de aburrimiento mientras esperaba.
Suelen esgrimirse muchas razones, pero somos nosotros quienes nos hemos sentido incómodos exponiendo esas cuestiones ante los demás y nos empujamos al ropero interior por vergüenza. Cumplimos con el mandato de madurar al costo de simplificarnos para los demás.
Aprendí hace poco a dejar de ser el carcelero de mi mismo. Y quien intente tomar su lugar estará en mi lista, señor.