02 junio 2008

Ciudad del Diablo

Anoche, domingo, salí a caminar por Corrientes con el plan mixto de revolver las mesas de saldos de sus librerías, hacer un poco de calistenia y disfrutar del frío.
El porteño promedio es un tipo bastante ignorador del entorno (aunque no es despreocupación, es simple neurosis activa): se cierra en su concha mientras espera el colectivo a dos pasos de una familia desalojada que vive en la calle, camina con el iPod (o hablando por celular) sin prestar atención a su alrededor y, por regla general, suele evitar el contacto visual con sus eventuales vecinos. Yo, que soy una extraña simbiosis de porteño aproviancianado no puedo dejar de ver cualquier cosa extraña como amenaza. El legítimo temor que puede sentir cualquiera por ser víctima de un hecho delictivo se ve menguado, en mi caso, por los escasos bienes que le reportarían al desastrado ladrón que se me anime (no suelo exhibir atributos de prosperidad), pero el fastidio que me provoca tener perfecta conciencia de que uno es sopesado, medido y tabulado cada tres o cuatro pasos es insoportable: en un día normal la abundancia de peces más sabrosos y suculentos me da seguridad. Pero un día domingo, en Avenida Corrientes, cualquier mojarrita sirve para una comida.
No más de cinco cuadras me llevó percibir la mala onda que vibraba en el aire: este día es complicado sobre la famosa calle de las librerías y las candilejas pues quienes salen los domingos a los teatros vespertinos atraen a los buscas como miel a las moscas, y es el día en que el yerbatal malevo que crece guacho al costado de Lavalle, Florida, Caminito o San Telmo viene a probar mejor suerte para tratar de redondear un día que, frío mediante, tal vez no vio colmadas sus expectativas.
El pedido de "moneda" hecho con agresividad; los sospechosos que cruzan la calle en diagonal (y que se aparecen a tu espalda); los que te preguntan la hora en un lugar estrecho (la salida del subte de Uruguay o de Callao, las paradas de ómnibus sobre las vereditas de Talcahuano, las esquinas donde se junta la gente esperando el semáforo para cruzar, etc.) de manera que el pungazo pase (más) desapercibido; las miradas ratoniles desde cierta distancia que calculan el tamaño de la presa y los riesgos; y la ausencia total de policía (volviendo, a estas horas, de las canchas o cuidando a los niños bien de Palermo y Belgrano) que supongo no es un detalle menor para esta runfla.
Termino comprendiendo la molestia femenina ante las lascivas miradas masculinas que imaginan desnudeces, acarician texturas y sopesan turgencias. No es la amenaza de la violación en sí, sino la repetición constante que de ella se hace en la cabeza de cada violador putativo, repartidos en su camino a razón de uno cada cuatro metros. Puede resultar agotador, les diré.
Yo soy un pobre rata, pero me imagino la histeria que tendría si fuera uno de esos pocos salvadosen un país empobrecido y lleno de resentidos como... ¿Argentina?.