26 junio 2008

Años de daños y paños extraños.

Durante los días del Mundial de Fútbol se vivieron en mi casa paterna tiempos difíciles. Mi viejo, cada tanto, desaparecía por temporadas y mi vieja hacía el oficio mudo con nosotros lo mejor que podía (siempre fue -paradojicamente- buena para eso, siendo tan conversadora). Si preguntábamos mucho, estaba "trabajando lejos" y nada de dar detalles.
Cuando escuchábamos llegar el Peugeot 404 -el ruido del portón del garage al abrirse (esos sonidos que nos abandonaron físicamente pero que aún es posible escucharlos cerrando los ojos) y el aullido de las perras- veíamos su cara de alivio pero no sospechábamos nada. Sólo era una mamá muy joven que se alegraba de tener a toda la familia nuevamente reunida.
En una de esas apariciones, previas al comienzo del Mundial, mi viejo soltó una puteada frente al televisor. Era extraño, porque era un hombre bastante pudoroso con esas cosas. Recuerdo que era un reportaje a Lacoste, el presidente del EAM78, y que se hablaba de la famosa ceremonia de inauguración. Como niño de diez años, mi entorno infantil (amigos, compañeros de escuela, familiares, TODO EL MUNDO) estaba pendiente de la fiesta, de Kempes, de Passarella.
Para nuestra desgracia, mi viejo estaba en casa cada vez que jugó Argentina y no nos dejó ver ningún partido, excepto el de Perú, que vimos con él. Después del cuarto gol, adivinó qué pasaba y se desentendió del asunto (mi viejo no era gran fanático del deporte, igual).
El día de la final, hace treinta años, el ogro estaba en casa (ya habíamos descubierto que no "trabajaba"* cuando jugaba Argentina o había partidos importantes) dispuesto a no dejarnos ver o escuchar el partido. Mi vieja se enojó y nos sacó "a lo de Alicia", la mujer de otro compañero de papá que estaba en idénticas condiciones que nosotros. Escuchamos todo el partido en el colectivo. Íbamos solos con el conductor, que puso la radio bien fuerte.
Llegamos a destino con el último gol, la gente saliendo a las calles, alegría desbordante.
Banderas por todos lados, papelitos y Muñoz agradeciéndole a Videla y sus hienas por la "fiesta en paz".

* Mi viejo formaba parte de un grupo de resistencia sindical cuyo jefe desapareció en 1977 (otros compañeros lo hicieron después), responsable del primer paro gremial a la dictadura. Después, sabotearon las redes de energía cercanas a los lugares de detención -chupaderos- en un intento por complicarle un poco las cosas a los asesinos. Era como tapar el sol con la mano, pero no podían hacer otra cosa. Sin embargo, bajó una orden de no hacerlo cuando jugaba Argentina. La dio un gremialista bastante conocido del que no me quiero acordar. Convencieron a mi viejo y sus compañeros -o no- diciéndoles que se habían enterado de que no torturaban durante los partidos.
Recuerdo que en esos años llevaba en el auto una calcomanía con la bandera argentina que decía "Los argentinos somos derechos y humanos". Años después le pregunté por qué la había puesto: "porque era una salvaguarda si te paraban en los retenes policiales".