12 mayo 2008

Ojito conmigo que te sueño

Anoche fuimos a comer con amigos a "Los Sabios", restaurante vegetariano diente libre. Otra vez comimos como refugiados laosianos. No, el señor de los platos dobles no estaba.
Bueno, la cosa es que intentar dormir después de comilonas semejantes hace que los sueños se tornen interesantes: soñé que escribía un cuento sobre mi madre, a quien descubría como asesina serial. Lo más subrayable -una obviedad- era mi asombro ante la falta total de antecedentes: mi madre será verdaderamente hija de un vienés, pero no es el monstruo del sótano. Me quedé pensando en las personas que pasaron por estas situaciones a lo largo de la historia, conviviendo en paz y armonía con truculentos criminales para despertar un día en la dimensión del terror.
Si bien hay familias que viven tiempos interesantes por algunos de sus miembros y asimilan los golpes y se abroquelan en defensa del eventual perjuro (habrá familias que reaccionen con reluctancia, también lo sé, pero son las menos), una infracción de tránsito, una estafita con créditos a pensionados o una consuetudinaria evasión de impuestos tiene cualquiera. Una agachada podemos perdonarla con algo de buena voluntad. El tío negrero que encerraba bolivianos en una casa de Flores, al final, hace lindos regalos en navidad.
La familia de Chikatilo no supo la verdad acerca de su diabólico padre hasta que no fue capturado por la policía. Es notable, porque existían varios antecedentes que no podrían haber pasado desapercibidos para la familia, especialmente para la esposa del "Vampiro" o "Carnicero de Rostov". Sin embargo, la neurosis familiar fue tan fuerte que siempre prefirieron ignorar todos las señales. Se cuenta que cuando le informaron de las características sexuales de sus asesinatos, la mujer se mofó de los policías, diciendo que su esposo era impotente.
Por otro lado, cuando la sociedad se encuentra con estos especímenes intenta diagnosticar fehacientemente si estaban cuerdos o totalmente locos a la hora de cometer sus horrendos crímenes. La opinión pública siempre tiene prejuicios a la hora de definir estos personajes: en Argentina todavía están impunes los crímenes del "loco de la ruta". Sin embargo, un diagnóstico de locura suele ser la salvación de penas drásticas como la horca, el fusilamiento o la cámara de gas y es el cliché de los abogados defensores de asesinos seriales en los países en los que hay pena de muerte.
Para terminar, una entrada de los "Cuadernos norteamericanos" de Nathaniel Hawthorne me dejó la cabeza hirviendo y el corazón palpitante el sábado:
"Sentarse a las puertas del Paraíso a observar
a quienes allí se presentan y son admitidos o no".