14 mayo 2008

La trampa de los años.

En algún post anterior dije que tuve alguna precocidad en ciertos temas. La verdad es que siempre viví a contramano de la edad. Todo se debe -que duda cabe- a que una vez que se desacomoda el trencito de acontecimientos cuesta mucho trabajo ponerse en sincronía con la generación a la que se pertenece. Y encima, si se cambia el paso cada muy poco, las posibilidades de encajar con los coetáneos se vuelve demasiado difícil.
El sacudón inicial lo dio, sin duda, la aparición del primer vacío existencialista de mi vida a los 14 años, cuando miré hacia arriba y ya no sentí los ojos de nadie. Le daría la razón a los fundamentalistas, pero el Dios de mi crianza se ahogó en el vacío de los ojos de un niño muriéndose de hambre, dando la excusa estúpida de que lo hacía para darnos una oportunidad de ayudarlo.
Para desgracia ajena -preocupación de mi familia, entonces y ahora- esos vacíos (y también otros) fueron llenados con conductas autodestructivas varias: alcohol, amores perros, comida, drogas, amigos "barcos incendiados", tabaco, rebeldía sin causa, causas perdidas, odios, rencores, y un largo etcétera. Salí de cada uno de esos estados, como en Trainspotting, yéndome al otro extremo por un rato. Casándome, aprendiendo a ser formal y cortés, dejando los vicios, buscando trabajo y comiendo sano. Como dice Litto Nebbia, "hasta la próxima vez". Quemando las naves por regla.
Así como fui el primero de mis amigos en debutar sexualmente, ir a las discotecas; tomar poco, mucho o como sea; también fui el primero en casarme. Y, más o menos obvio, el primero en divorciarme. Fui el bala perdida, el putañero, el indeseable de las paulatinas esposas de mis amigos.
Como, aparte de todo esto, siempre fui un extranjero nunca extrañé especialmente estar fuera de mi generación, muchas veces estaba afuera de cualquier otro grupo sin saberlo. No me podía dar cuenta.
Mucho han intentado, víctimas y victimarios, hacerme recapacitar sobre la memoria que guardo sobre aquellos años. No puedo pensar en las cosas que hice y que pasaron sin pensar en los antecedentes que me llevaron hasta ahí, siendo el principal mi propia sed de vivir.
Los que viven arrepentidos por el pasado o por el presente, están muertos en vida. Y yo aprendí a querer morirme por voluntad ajena.