22 mayo 2008

El Rey, la neurosis y yo.

Me pasa a menudo que me asesinan. Me cortan la cabeza, me fusilan, me clavan el turbante en la mollera (como hizo Vlad Tepes con unos emisarios turcos que rehusaron descubrirse ante su realeza) o me mandan a las mazmorras.
Nos pasa a todos; alguna vez nos toca tener que avisarle, al famoso Rey maniático, que anda en bolas. Otras veces puede ser uno mismo el que pasea su Soberana pelotez en plena calle Florida, pero no es éste el caso que me interesa tocar.
Hay que documentarse con fotos y testigos presenciales independientes para convencer a sus neuróticas Altezas. Aún así, puede ocurrir que siga creyendo que va vestido y nos mande matar para seguir con la farsa.
Otros Reyes nos creen pero al costo de medidas drásticas: mandar a matar a quienes osen andar vestidos, o desatar los perros del infierno para aquellos que hayan omitido avisarle de su desnudez.
Uno debería saber con los reyes que ara, y preferir mirar para el costado, suspirar de fastidio ante la neurosis que se nos impone y procurar que nadie más le diga al Rey que va desnudo una vez que hayamos cometido el pecado de verlo en tarlipes sin abrir la boca.
Todavía no aprendo, pero pronto.