03 abril 2008

Umbral

Generalmente leo en la cama. Me cuesta leer sentado; no por incomodidad física, sino por una falta de costumbre que termina intimando a mis huesos a yacer horizontales. Es una especie de reflejo pavloviano. Podría pasar seis horas así, con el libro en alto, si no fuera porque existe un mundo que reclama mi atención y mi propia conciencia que me remuerde por no hacer algo (más) útil y/o constructivo. Lamentablemente, todavía no me pude sacar de encima la sensación de que pierdo el tiempo cuando leo, inculcada por una familia poco proclive a leer salvo los domingos o días de vagancia legal. Hago un grato esfuerzo por ignorar el sentimiento pero no alcanza para leer horas y horas a mis anchas. Ojalá me pagaran por leer, así conjuro de una vez por todas el conflicto.
Entonces, uno de mis horarios más comunes para leer, toda mi vida y desde la infancia, es a la hora de dormir. Mi lado de la cama está lleno de libros. Cada tanto llevo a la biblioteca los que ya terminé y selecciono los nuevos (¡qué bien me siento cuando llego a ese punto, seleccionando qué leeré a continuación!).
En esos horarios, sobre todo si tuve un día movido y ya es tarde, suelo llegar a un punto en el que el libro se disuelve dentro del sueño y dispara una catarata de puro flash onírico. Las palabras se vuelven líquidas y la mente absorbe como papel secante. Los significados se evaporan, o más bien pierden su carácter transitivo -unívoco con lo que nombran- y calzan en los huecos de la conciencia, en un orden que poco tiene de caótico y mucho del iceberg de Hemingway, cerrando la brecha entre el relato y mi propia vida. El opaco mar de la conciencia se vuelve diáfano aire, y el enorme témpano se me revela gigante, volando entre las espesas nubes del inconsciente, liviano como un castillo en el cielo.