01 abril 2008

La mentira de la mentira III: La diarrea y el error

Hay veces en la vida en que uno comete errores groseros. No hablo de los errores fácilmente verificables; sino de esos errores nebulosos para el resto del mundo (en todo caso, discutibles) aunque totalmente evidentes para nosotros.
Por regla general, previo un análisis de conciencia (que puede ser muy somero) y de un cálculo de costo-beneficio (casi siempre profundo) decidimos blanquear el error cuando las ecuaciones dan bien. Cuando no, nos volvemos esos tercos, necios y estúpidos seres que hacen que la vida de los demás, por regla general, sea más insufrible. No tanto por el error original, que está en el pasado, sino por el hecho que, una vez decididos a ignorar la verdad, seguimos metiendo la pata hasta el hueso. Necesitamos nuevas mentiras (y nuevos errores, pero ahora sin ingenuidad) para seguir sin reconocer el primer error. Una herencia cada vez más pesada, cada vez más difícil de reconocer (no lo hicimos cuando éramos algo inocentes, sólo un poco pelotudos). Como con las mentiras. Porque una vez que no reconocemos un error, aparte de pelotudos somos falsarios. Y, tal vez, mala gente.
Otra pata del fenómeno es la mentira que ya sabíamos mentira desde siempre, adrede (repito, en cosas opinables, discutibles y escasamente verificables en el corto plazo) y que sostenemos porque nos conviene. Hay muchas creencias respetables (bueno, lleguemos a un acuerdo: respetadas por el grueso de quienes creen en ellas) basadas en largas ponencias teológicas -algunas tienen, encima, miles de años- y en las que tener una fe ciega e irracional es el único camino (o condición) para creer. Otras "creencias" crecen como hongos: nuevos cultos (ojo, para mí los viejos también entran acá, eh), pseudociencias (astrología, frenología) y pseudocuras milagrosas (como la crotoxina o la homeopatía). O en la política, medio propicio para discutir todo y que no hay ni una sola verdad integral.
La única condición es persistir: si viste una imagen debajo de una saliente rocosa, hay que persistir. Si querés vender un método milagroso para adelgazar, tenés que persistir. Si querés triunfar en política, tenés que sostener cada cagada (tuyas y las de otros) con más y más cagadas, hasta que la porquería tape todo atisbo de razón. Este país es así: las metidas de pata son casi el hilo histórico pero, como estamos vedados genéticamente para pedir perdón y reconocer que nos hemos equivocado, nunca enmendaremos rápidamente los daños, en caliente. Y seguir sin reconocer los errores trae más y más cagadas, todas enhebradas. Nadamos en la mierda, pero nos es imposible dejar de defecar, como víctimas de una enfermedad que convierte al cerebro en intestinos. Y enferma a éstos, a su vez, de una diarrea infinita.
Después, como dije antes, la identificación: todo es la misma mierda, pero con diferente olor. Nada de andar misturando. La mierda "gorila" es distinta de la mierda "cabeza". La mezcla acá también hace mal, parece.
Digo esto ahora, que nadie sabe cómo salir del berenjenal en que estamos metidos, y eligen persistir en la pelotudez y meterle más leña al incendio: la Plaza, los cortes, los que temen quedarse afuera (I, II y III), los que hacen su negocio, los que nunca pierden, los que nunca entienden nada.
Mientras, hay que ir revisando todas las teorías sobre los suicidios de los pueblos.