30 abril 2008

Exiguo acto de fe para el pequeño orangután.

Para los que están incapacitados de ser de derecha (por falta de efectivo), de izquierda (por vergüenza ajena), o los que como yo no creen que pueda haber sólo dos formas de conducir al colectivo humano hacia el bienestar, la discusión sobre si el mundo debe ser capitalista o comunista fue siempre aburrida y, cuanto menos, estéril.
Por más que los capitalistas digan que la cosa se zanjó en 1989 con la caída del muro de Berlín, los de izquierda dicen que el capitalismo está cayéndose desde 1929. Y la verdad es que cualquier caída que se elija siempre sigue cayendo sobre los mismos: los pobres.
Detrás de todo el andamiaje teórico de cada posición y sus estaciones previas, Marx o Keynes son mencionados hasta el hartazgo -ora a favor, ora en contra- aunque nadie crea en ellos hasta el punto de llevarlos a la práctica sin vacunarles bastante las teorías. Hijo cretino de ambos es el fascismo, que junta más vicios que virtudes de ambos y que tan tentador les resulta a los simplones, incluso a los mazorqueros zurdos.
Si bien el comunismo es algo que no tuve la posibilidad de sufrir, vivo en un país que aún se debate entre un escondido fascismo corporativista (perdón la perogrullada pero es pertinente) y un salvaje capitalismo, depende.
El peronismo no ayuda: cargando sobre las espaldas sus propias contradicciones históricas y actuales dificulta su análisis politológico y económico. Es un juego de dobles y figuras (ser de derecha con un discurso de izquierdas, mezclar lo popular con Prada y Versace, la tribuna con el salmón rosado, la pizza con champagne), con inclinación mediática y efectista (el pragmatismo menemista se explicaba mucho por eso) para el costado del arco que mejor rinda en votos (siendo ingenuo; hay otros intereses). De a ratos asusta a la clase media, pero se reconcilia rápido y le rompe el culo a los de siempre. Por andar desdoblando cuestiones en dicotomías forzadas (cargadas de mal entendida doctrina peronista) nuestra altisonante Presidente separa política y economía según convenga, como cuando otorga el papel de Robin Hood al Estado pour la gallerie, mostrando la hilacha legislativa de los últimos gobiernos peronistas: termina haciendo de héroe bandido para paliar el seguro hambre del pobre populacho, olvidando que juega el papel también de Sheriff de Nottingham. Al resolver el problema de la Banelco de De la Rúa copiaron sin ninguna vergüena a Menem, sumando otra perla negra más al collar.
Cada tanto, algunas palabras resuenan, pero con significados distintos según el lado del mostrador: "oligarquía" es un eufemismo para "los que todavía creen que pueden hacer dinero sin nosotros y aún no forman la feliz burguesía nacional que queremos", y "distribución", que quiere significar "por las dudas quiero todos los fondos para manejar premios y castigos según MI agenda".
Si Menem era la peronización de la derecha, los K. son la de la izquierda. Ahora ciertos progres apoyan al gobierno (algunos aclaran que no los votaron) por los derechos humanos (los de los setenta, ojo; no los de los niños por debajo de la línea de pobreza cuya razón es el propio gobierno), o, como dijo Paenza ayer en el programa de Télerbaum y Zlojtovieja por Todo Negativo, "porque hay un ministro científico" (¿la economía también no exige un científico? No, con Moreno y su chota kilométrica alcanza) y porque "se mete con los grandes intereses". Me imagino que esos intereses excluyen a los amigos con los que es evidente que no se mete. Qué se yo. El duhaldismo, que quiere volver en ese eterno pedido de revancha peronista, no es distinto, aunque lo disfracen con Lavagna de euro-algo.
Puede creerse que ser peronista es difícil. No hace falta afiliarse, ni votar peronistas. No es necesario fundar una unidad básica. Basta con ser argentino. Ni marxistas ni gorilas. Argentinos. Porque no es una cuestión de cuna, abolengo. clase social o doctrina. Está en el alma de todos los argentinos. Los radicales son peronistas. Hasta los militares y los guerrilleros fueron peronistas. Martínez de Hoz, Hebe de Bonafini, Alfonsín y Firmenich. Cavallo es peronista, de la línea corachista.
Sí, doña Rosa, déjese de joder: somos todos peronistas, aunque nadie lo sea.