25 abril 2008

Ciencia ficción sin futuro

Ayer fui a la inauguración de la Feria del Libro. Como siempre, el evento es contradictorio para mí (ojo, prefiero esa contradicción a la que no tengo con el Bafici y que sí tiene tanto quejoso despotricador: malgastar dinero público en hacer un festival mediocre es mejor que dejarlo que vaya a parar derecho a los bolsillos de algún funcionario o de algún privado acomodado por ese mismo funcionario) y las ganas iniciales siempre terminan con gusto a poco. No importa, me paso varias horas a la semana en las librerías de Corrientes, así que lo único que cambia es que en la Feria están todas juntas y a veces encuentro algo bueno. No le suelo dar bola a los eventos, salvo alguno demasiado importante.
Esta vez confirmé algo que vengo viendo desde hace bastante: la ciencia ficción como género prácticamente ha desaparecido de las librerías. Lo poco que hay es carísimo: Los propios dioses, da Asimov, es una bicoca de cincuenta y cinco mangos. El arcoiris de gravedad, de Thomas Pinchon, otra ganga de noventa y ocho. Se acabó la ciencia ficción, parece.
Mientras tanto, la fantasía (esa hermana más antigua y algo remanida de la CF) está viviendo su mejor época. Miles de libros abundan en las mesas. Los autores de estos géneros sólo tienen que esperar su cuarto de hora para volverse millonarios. De la mano de Tolkien se han hecho cientos de libros que abrevan en su saga de los Anillos, a veces hasta intentando reinventar la rueda vilmente o colgándose de las tetas del pobre profesor. Malos vientos para quien no soporta mucho los calabozos y dragones, como yo.
Según una nota de la prestigiosa Wired, también el cine serio de CF está en decadencia. Afirma que ya no se pueden hacer films de este género con presupuestos modestos. Hoy en día, películas como Terminator o Blade Runner no tentarían a ningún estudio, y nadie financiaría un 2001: A Space Odyssey. Según el artículo, The Fountain, de Darren Aronofsky, es la última película real de ciencia ficción. Acepto el diagnóstico, pero voy a disentir con buena parte del análisis.
La CF es un género complicado. Para empezar, el género en sí es difícil. Para generar historias originales después de tantos años hay que haber consumido mucha -pero mucha- CF. No sirve con ser un trekker regular, o absorberla por dosis osmóticas -muchas veces sin querer- desde el cine y la televisión. La mayoría de la que ha superado la etapa del libro y llegó al medio audiovisual aún es un western espacial, o la versión pre Campbell de algún científico loco queriendo hacerse dueño del mundo, o que es víctima de un malvado super criminal que tiene como rehén a su hija -que encima es ciega- y que quiere dominar y/o destruir el mundo. O zombies post apocalípticos, o vampiros super tecnológicos, o...
A medida que el mundo dejaba la apatía por los cambios sociales -gracias a la revolución francesa en lo político, pero en lo socioeconómico con la llegada de la máquina- estos dejaron de ser anhelados por las utopías filosóficas y fueron llegando a la conciencia de las masas, sobre todo a la literatura popular. Dependiendo la época, el balance entre mejora o castigo detrás de cada cambio dieron carácter al género y un rol que, una vez abandonada la novedad de las pistolas de rayos o los viajes espaciales, enfrentó antes que nadie las fuerzas que actuarían alrededor de cualquier futuro cambio. Sin embargo, el fantasma de Fausto siempre estuvo allí.
La CF contemporánea es un juego de what-if basado en el cambio de paradigmas humanos. A medida que el género fue evolucionando se pasó desde resaltar los riesgos de la técnica o el uso peligroso de las ciencias (insuflar vida con Mary Shelley; viajar a la luna con Julio Verne o construir robots autoconscientes con Asimov) hasta considerar cuestiones casi intangibles como la superpoblación o la construcción de mundos no terráqueos, pasando por hacerle frente a crisis pre y post nucleares o a visitas indeseables del espacio exterior.
Sostengo la hipótesis de Asimov, que dice que la ciencia ficción escondió su némesis en su propio éxito. Las preguntas que una cantidad reducida de nerds se hacía en los primeros cuartos del siglo veinte hoy son malas noticias en las tapas de los diarios. Quizá ya no haya quién haga esas preguntas y occidente viva el comienzo de una lenta decadencia, como la que Oswald Spengler previó hace tanto. ¿Será porque la complejidad técnica equivale a la intangibilidad de la magia de Harry Potter? Antes íbamos al infinito y más allá. Ahora somos esos primitivos asombrados con la teletransportación del Capitán Kirk. Necesitamos escapar a la Tierra Media, urgente.
La oveja Dolly, las células madre, el calentamiento global, Internet y el iPod están matando a la ciencia ficción.