15 marzo 2008

Un collar hecho de felicidades enhebradas

Notablemente, ayer me di cuenta (asistido por una pregunta muy pertinente) que no recuerdo momentos especialmente tristes en mi infancia. Frustración, bronca, y -sobre todo- lágrimas acompañando esas sensaciones, a montones. Nunca esa tristeza honda y quieta que pulula en tanto libro infantil como Corazón, dibujos animados como Heidi o películas como Lassie.
Es extraño pues no tengo esa certeza, que otras personas manifiestan, de haber tenido una infancia feliz. No fue culpa de mis viejos, me apuro a aclararlo. Hasta los doce años era tan idealista e inquisitivo, a la vez, que nociones aparentemente claras e indiscutibles (Dios, patria y familia, por ejemplo) en mi pequeña cabeza provocaban una cadena tal de preguntas -todas sin respuesta entonces, muchas sin respuesta aún- que me apartaban del disfrute liso y llano de las simplezas de la vida: demasiado consciente de su complejidad (¿por qué podía yo disfrutar de un helado, habiendo compañeros de escuela que apenas comían? ¿Por qué Dios mataba niños?), no poseía el andamiaje neurótico que hoy me permite vivir a pesar de tener la certeza de que el cielo caerá sobre mi cabeza en cualquier momento.