04 marzo 2008

Subibaja

Hace un par de meses, inmerso en un terrible clima laboral, lleno de deadlines, todo lists, briefings a los gritos, el día lunes se volvía una especie de pesadilla kafkiana, fractal, llena de pasos previos necesarios pero insuficientes para completar la infinita lista de cosas a medio terminar. El vértigo diario hasta hizo desaparecer cualquier tendencia a la procrastinación que tenía, ansioso como estaba de apagar incendios que aparecían detrás de cada puerta que abría. Llegar a casa, después de diez horas de exprimidora cerebral era un bálsamo, el oasis total. El problema era cómo llegar; una vez ahí, todo el pandemonium se diluía.
He sido bendecido con un defecto glorioso: nunca traigo el trabajo a casa. Menos que menos, el clima. Si de algo me sirvió tener un padre absolutamente incapaz de dividir su vida privada de su vida laboral, fue para evitar semejante cruz. El viejo podía llegar a embarcarnos a todos en un clima de hostilidad irrespirable por una pelea con un compañero; y sufríamos sus malos días laborales como si hubiésemos tenido algo que ver con ellos (ahora que lo pienso...).
Paralelamente, mis compañeros jamás podrán intuir mis vaivenes extracurriculares por mis reacciones en el trabajo. Cuando peor he estado, cuando mi vida privada se iba a los caños sin más remedio, nadie se enteró. Soy algo áspero por naturaleza, así que no hay demasiados cambios cuando la parte externa del negocio anda mal (ser un cascarrabias o un tarado siempre-sonriente ayuda). Sí, he sido capaz de tapar con trabajo otras deficiencias, sobre todo cuando no quería volver a casa. He llegado a trabajar dieciséis horas por día, por necesidad siempre (económica o de la otra), pero nunca he podido sentir placer por ello. Otro rasgo neurótico, nada más.
Hoy, entre dos trabajos (como se dice eufemísticamente), estoy algo confundido. Mis días son iguales, uno sigue al otro. No son malos días, no tengo nada de qué quejarme, al contrario.
Pero tanta recompensa necesita, sí o sí, pagar algún precio.