29 marzo 2008

Salven el punto y coma.

Es un hecho: el punto y coma (";") está desapareciendo. La cómoda presunción del "lector analfabeto" -impedido de prestar atención a frases demasiado largas- prácticamente lo ha eliminado de los medios gráficos; en la literatura contemporánea su existencia está también amenazada por la promiscuidad infecciosa de Internet y los talleres literarios, que suelen pedir modernidad, lecturas ágiles y, sobre todo, fáciles de escribir (esto corre totalmente por mi cuenta, pero me afirmo en algunos escritores que parece que encuentran poco placer, en general, en el uso correcto de las herramientas de puntuación, o mucho en molestar al lector con la mezquindad del ripio formal en vez de hacerlo pensar un poco). No digo que "complicado es mejor" (aunque este blog lo desmienta); digo que una frase contiene ideas, pero también ritmos que son necesarios.
El uso repetitivo del punto seguido y el abuso liso y llano de la coma están achicando el pensamiento. No en el lector, que igual anda por donde quiere, sino en el escritor que se impide vibrar con sus ideas en frecuencias distintas. Nadie recuerda un punto y coma en una frase leída hace mucho; quizá se recuerde mejor el ruido de las poleas y los engranajes, que se escapa por los entresijos de un punto y coma, en la cabeza de su autor.
Faulkner, viejo alargador de frases, jamás se me hizo más difícil de leer que el sucinto Hemingway; se tiende a creer que sus lacónicos personajes requieren esa economía, pero Christmas en Luz de Agosto habla menos todavía que el Jim de "Allá en Michigan", y no por eso Faulkner le escatima punto y coma.
Se que no soy más que un iconoclasta, a estas alturas.