19 marzo 2008

Riesgo calculado.

Con este tema de los accidentes de empresas de transporte público ahora todos se rasgan las vestiduras. Uno pregunta a cualquier boludo -mediático o no- y larga una retahíla de conceptos, puteadas y québarbaridades, a la sombra de la montaña de muertos en la ruta.
Tengo mucha experiencia como viajero de larga distancia. Siempre tuve una especie de ángel de la guarda. Gracias a él, desarrollé una audacia (quién haya viajado cotidianamente en los ochenta en la empresa mendocina Jocolí por los caminos de San Luis comprenderá el punto) que era un poco una cualidad necesaria para tener familia en tres de los cuatro puntos cardinales del país, o trabajar en empresas con sedes separadas por cientos de kilómetros.
Pero voy a eliminar aquellas épicas travesías de mil kilómetros sin aire, baño ni comida de antaño: en los últimos diez años se fueron aglutinando las empresas en pocas manos y las cosas pasaron de la criminal modernidad menemista a la peligrosa neurosis kirchnerista, en donde lo bueno sucede en los diarios o en la publicidad (o en el IndeK). Así, si al ver un spot publicitario de cualquier empresa de telefonía se siente una necesidad inmediata de comprar quince líneas de celular para vos y tu familia, pronto la experiencia dice que te van a sacudir una y otra vez por cada una de esas lineas, violando cualquier norma preexistente (y tu bolsillo) y no habrá nadie que defienda los derechos del bobo que diga "¡si lo escuché en una publicidad!".
Bueno, esa relación kafkiana no debería darse en un bondi: somos cuarenta personas preocupadas por llegar sanos y salvos a destino, con comodidad acorde al siglo en el que vivimos y a tiempo. El sindicalismo debería ser cosa fácil si no se cumple con alguno de estos principios, pero no es así. En cuanto uno se le planta a un guarda diciéndole "así no podemos viajar", el tipo se encoje de hombros y dice, en alta voz para ser oído por todos: "Bueno, paro el coche (sic) y no seguimos". Santo remedio: el tipo sabe que el mundo es un criadero de imbéciles, cretinos e idiotas y que estos son mayoría en cualquier situación y lugar del orbe. Las empresas también saben esto. La CNRT no existe, como le corresponde en este país a todos los organismos de control y defensa del usuario, consumidor o lo que sea.
La oposición del mogolicaje que quiere llegar a toda costa toma forma de inmediato y el denunciante pasa a ser el hijo de puta, mientras el potencial asesino hace mutis por el foro, pensando tal vez en cuánto le toca este mes por horas extras.
No me digan que no. Lo he vivido docenas de veces. He viajado una noche, entre San Juan y Caucete, sin luces. Otra vez, en Mendoza, nos cambiaron a último momento un coche cama por una reliquia de los ochenta, casi un doble camello, sacado vaya a saber de qué museo de la desidia. Viajé cuatrocientos kilómetros, entre Catamarca y Córdoba, en una de las rutas más peligrosas del país, sin frenos. Si bien todos ahora hablan del exceso de velocidad, una vez tardamos veintiún horas entre Capital Federal y Catamarca. Ahora que estoy al tanto de la estratagema, ya casi no protesto. Hace tiempo que pienso que estos estúpidos se merecen lo que piden: llegar a cualquier costo. Dignidad no tienen. Así que lo que ponen en juego son sus vidas, malditos estúpidos.
Mi vida.
Yo, agnóstico convencido, hereje consuetudinario, el terror de Ratzo... he vuelto a rezar.