22 febrero 2008

Promesa

Llego a la puerta menos cuarto. Recién bañado, formalmente vestido para la ocasión: jeans, zapatillas de cuero y remera negras. Me recibe Diego, el guardia, que se apura a darme un beso después de abrirme -solícito- la cadena forrada de terciopelo rojo. No le doy importancia al hecho; si no hubiera pasado toda la tarde renegando con el sonido, mis compañeros y el dueño del local, alternativamente, habría hecho la cola como cualquier hijo de vecino, más por costumbre que por otra cosa.
Me llevo la Strato marfil para afinarla en el pequeño cuarto que oficia de camarín, rescatándola de su funda. Completo con un cable, el afinador y la correa. Me han tildado muchas veces de obsesivo con la afinación, y algo de eso hay. La pobre guitarra debe soportar mis dedos de carnicero en un encordado once durante todo el recital, pero sé que si la acaricio ininterrumpidamente durante toda la noche no me va a defraudar. Por esta costumbre suelo perderme los prolegómenos que suelen desarrollarse en plena barra, donde abunda el alcohol y el coqueteo de rigor con alguna transnochada que quiera oficiar de groupie.
No. Sólo por eso, no. Esa es la excusa que pongo.
De pasada por el escueto escenario en penumbras me detengo. Predomina una fría luz azul, que refleja en los cromados de los soportes de micrófono y, sobre todo, en el nácar blanco de la batería. Una sensación de calma me embarga. Jamás tuve miedo escénico, por el contrario; descubrí hace tiempo que pago con la exposición a un público medianamente benigno (a cambio de no pedirle que esté muy concentrado, eso sí) esta paz que creo reconocer sólo yo.
Está todo listo. Se oye, a través del cortinado que oficia de telón, el quedo murmullo del público. Es un bar tranquilo, somos una banda tranquila. El blues no convoca multitudes eufóricas. Nosotros no somos una banda eufórica. Más bien, somos una banda de agonizantes luchadores de la música, lejos de los grandes escenarios, cerca de su tibio corazón.
Jamás encontré a nadie, en mi improbable carrera musical, que sienta el aura de plausibilidad benévola que siento en un escenario vacío, momentos previos al rugir de los instrumentos. Todo es posible. Aquí.