08 febrero 2008

El inconsciente me condena.

Tengo un problemilla con los sueños: puedo, en el ochenta por ciento de los casos, saber si estoy soñando o no. Me es fácil determinar si lo que estoy soñando es enteramente irreal en el mismo momento del sueño, sobre todo en temas como mi viejo (fallecido hace once años), viajar a lugares improbables, tener orgías desenfrenadas, apariciones de personajes dudosos, manejar un auto y terminar en bicicleta, llegar tarde a un lugar al que tengo que llegar sí o sí a horario, descubrirme en bolas en plena calle, tener que volver a la secundaria después de casi veinte años o el perseguir/ser perseguido, sufren de temprana inverosimilitud y me quitan la ilusión onírica. A veces hasta me lo pruebo a mí mismo haciendo algo que no se puede en la vida real (levantar una silla con un dedo) o decidir cambiar de temática si me aburre o me disgusta hacia donde va.
Pero cuando me lo creo, es mil veces peor que cualquier pesadilla popular: anoche soñé que me acusaban de matar a golpes a una persona. La policía me detuvo y en cuanto me leyeron los cargos me dí cuenta de que era totalmente posible. Sin embargo, lo negaba porque estaba seguro de no haber matado a nadie.
Un policía me acompañó a partir de ese momento durante todo el sueño, haciendo las veces de abogado del diablo ante cada justificación mía. "No te acordás, cuando viene la furia no te acordás de nada, por eso negás todo", me decía el cretino (y yo me moría de duda). "No importa lo que digas, hay testigos y están todos de acuerdo", me atosigaba cuando insistía que no tenía recuerdos sobre haber matado a alguien. "Y te recomiendo que no preguntes qué pasó hasta que llegue el juicio; si es verdad que no hiciste nada, corrés el riesgo de adquirir recuerdos falsos porque de acá al momento en que te sienten en el banquillo de los acusados, vas a tener mucho tiempo para darle vuelta a las cosas. Mejor no preguntes quién, cómo ni cuándo, mantenete limpio y en tu historia, la jueza sabrá si decís la verdad o no".
Fue tan real que pasé por las famosas cinco etapas y tuve varias epifanías con respecto a mí mismo. Estaba en absoluta soledad, no hubo un solo conocido en todo el sueño, ni hablar seres queridos.
Me desperté justo antes de la última audiencia, en la que se iba a leer sentencia. Tenía la certeza de que mi inocencia era incapaz de probarse, sobre todo por el vasto registro de mi facilidad para irme a las manos. La angustia me despertó, pero no sé si por el miedo a la cárcel, o a saberme capaz (mejor dicho: aceptar la plausibilidad) de matar a alguien con las manos, en un arrebato de furia.
Prefiero soñar con monstruos.