29 febrero 2008

Don't blame me

No soy muy afecto a la melancolía por tiempos idos. Siento que es preferible vivir ahora que de recuerdos; y que anclarse al ayer es, un poco, renunciar. Tampoco creo que se verifique siempre que el tiempo pasado haya sido mejor. Que el ayer sea mejor que el mañana, así, por decreto.
Hay riegos: el ying y el yang son inseparables y recordar con añoralgia, por ejemplo, aquellos besos de la rubiecita de pechos generosos bajo la lluvia me hará recordar que la muy inconstante me dejó por mi peor enemigo de entonces (confirmando el lugar común, la rubia era muy tonta -exasperantemente- y al final el muchacho me hizo un favor grande). Prefiero pensar en la inteligente rubia del ahora y los desafíos que representa.
Todos tenemos un altar de recuerdos estúpidos transmutados en objetos: un mechón de pelo, unas cartas, un boleto de colectivo. Cuánto de neurosis hay en aferrarse al pasado, al recuerdo, a la memorabilia, queda para el analista o para el examen propio. Nos volvemos curadores del museo de la intrascendencia, adjudicándole un valor emocional absolutamente congelado al objeto que lo representa. El pasado se vuelve una especie de guiso recalentado, cada vez más rancio, que nos vemos obligados a tragar a la fuerza por toparnos, una y otra vez, con esos objetos que tanto decimos atesorar.
No es que no recuerde o pretenda no hacerlo; este blog ha contenido aburridas estampas de mi pasado. Pero para mí está bien cuando es accidental, cuando me encuentro con algo que al contrario, había olvidado. Por eso escribo -entre otras cosas-, porque uno tiende a olvidar por un proceso selectivo que tiene mucho que ver con la neurosis. Por ejemplo, he olvidado por qué he dejado de frecuentar a cierta gente. El recuerdo de los tropiezos; tal como dicen que debe recordarse la historia de los pueblos, debe servir (al menos) para no tropezar de nuevo. Tampoco volverse una viuda eterna, regurgitando el dolor una y otra vez.
La neurosis es un caballo bastante mañero, que no atiende al freno ni a las espuelas una vez que se desboca. Si encima me pongo flojo con el rumbo, enfila para el viejo campo al que está aquerenciado (parezco Don Segundo Sombra, ya sé). Quizá mi modesta tarea sea, apenas, domar ese caballo.
Todo esto tiene un porqué: me encontré con un compilado de música de series de TV de todos los tiempos y la cabeza casi me explota de recuerdos que ni sabía que tenía. Por ejemplo, la música de estas series:

The Rifleman (ahora seguro me resultaría retrógrado y sentencioso, pero de chico me gustaba)
boomp3.com

Three's Company (Todos queríamos que se diera la partuza de una vez, pero el pobre John Ritter era muy bobo)
boomp3.com

Happy Days (contradiciendo el espíritu del propio post, eh!)
boomp3.com

The Equalizer (buena serie olvidada de los ochenta, "afanosa inspiración" de Szifrón con "Los Simuladores")
boomp3.com

Max Headroom (otra serie excelente de fines de los ochenta, bastante divertida)
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The Kids in the Hall (todavía la daban hace poco en I-SAT, pero nunca creí que conseguiría el tema, que me encanta, como la serie).
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Hunter (Capitulo aparte: la tocábamos con mi hermano, en un duelo de guitarras criollas bastante patético ¡Era muy gracioso Fred Dryer!)
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Bueno, esto que sigue no es una banda de sonido, sino el capítulo 1 de la mejor serie de dibujitos de todos los tiempos (quizá, junto con esta):



(Si, todavía me acuerdo, chabón. Dondequiera que estés...)