02 febrero 2008

¡Cuánto cuadro, Don Quinquela!

"Ayer fui a comprar dos pinceles de pelo de marta -tanto pintar me está dejando todos los pinceles mochos- al almacén de don Alfonso. Me dio mucha envidia (de la sana, eh) ver que había gente entrando y saliendo de la casa de la Esther, que hace una muestra de sus cuadritos en el zaguán. Intenté entrar pero había muchas personas desconocidas. De otros barrios; eso es porque la Esther visita muchas exposiciones en Malaver, Chilavert y Ballester. Se va lejos a ver los cuadros de otros y deja una tarjeta de visita. La gente, agradecida o curiosa, se la devuelve.
En la pared de atrás del mostrador, Don Alfonso tenía también cuatro o cinco cuadritos de su autoría. Se los admiré; es prolijo y bastante realista, pero son todos representaciones del nieto. Un poco aburrido. Se excusó por no tener más, dice que tiene varios a medio terminar pero que el almacén le lleva demasiado tiempo. Me recomendó que visite a la Esther, que está pintando muy bien.
Volví dando una vuelta larga y me encontré con dos exposiciones: la del Juan Pablo, el hijo del dentista, que expone unos collages que hace de revistas, fotos y catálogos. Este chico no pasó del jardín de infantes parece. Lo peor es que otras adolescentes estaban ahí, mirando las obras y riéndose de todo. El Juan Pablo sonreía, pero se lo notaba nervioso. Hace unos días vinieron por el barrio de la revista cultural del Diario Corneta. Trajeron a varios críticos de arte famosos. Visitaron a algunos, entre ellos a la Esther. Parece que no les gustó lo que vieron. El que pintaba mal, porque pintaba mal. El que pintaba bien, porque les parecía patético exponer en su propia casa. Lo extraño es que les gustó lo del Juan Pablo, dijeron que era justo lo que pensaban encontrar. Le dieron un diploma y le sacaron fotos.
La otra exposición que había de camino a casa es la de la tipa que siempre está vestida de negro, como una viuda. No había nadie, el silencio en ese living era hasta corpóreo. La mujer no estaba (un cartel decía que si quería me podía llevar el cuadro que quisiera, y que dejara algo a cambio), así que pude recorrer a gusto con mis pinceles en la mano. Tiene talento, es evidente. La Esther me contó que sabe que la tipa pasó por muchos talleres de pintores famosos, y que alguna vez la estuvieron por exponer en una galería del centro, en Capital. Algún cuadro me sacó una lágrima, tan bello era. Tomé uno chiquitito, una acuarela minimalista, como le dicen ahora a lo que es poquito.
Corté un pedazo del envoltorio de los pinceles de Don Alfonso y escribí lo más prolijo que pude:

"Pedro Gonzalez.
Vi tu exposición, me pareció excelente.
Visitá la mía en San Martín 442, al lado del zapatero."

Dejé los pinceles en pago por el cuadrito. Me fui contento."