27 enero 2008

Maten al profeta.

"El otro día me crucé con Kurt. Hablamos. Está gordo; la papada le cubre buena parte del cuello, y lo que era su cabellera rubia natural ahora luce un coqueto bisoñé de alta tecnología. Un tipo que encontró su lugar, Kurt: ya no se droga, y sentó cabeza definitivamente junto a aquella supermodelo que tanto le soportara. Lo fastidia vivir entre guardaespaldas, pero después de los peligrosos episodios con los fans que lo quisieron ajusticiar al grito de "mataste a Nirvana" -como le pasara a Dimebag Darrel- cuando decidió deshacer el trío o los que pretendieron evitar con un par de balas -como a Lennon- que se corrompiera volviéndose un simple burgués, lo justifican.
Está bien, ver a Cobain en una limusina y vivendo en pleno Beverly Hills desmiente mucho a aquel enojado muchacho que se tomaba todo tan a pecho; los tibios lamentos de su último disco no alcanzan para calmar la sed de angustia y dolor de los viejos fanáticos. Y si bien no vende lo que Nevermind, sus cuentas van viento en popa.
Ahora disfruta de sus hijos, su mujer y -aunque no quiere que nadie se entere- detesta que le hablen de Nirvana y su retorno. A veces se juntan con Grohl y Novoselic, pero jura que nunca más tocaron una sola canción del grupo. Dice que ahora son una banda tributo a The Melvins.
Se ríe, Kurt."
Nunca me cansaré de decirlo: preferiría a Kurt vivo y feliz (aunque incapaz de crear) al atormentado y sacralizado mártir, bandera de los que nunca entendieron sus batallas.
Peleas que -más o menos- nos tocan a todos, día a día, y que podemos abandonar tan expeditivamente como él. Es fácil creerlo un inimputable. Porque es Cobain.
Pero todos somos Cobain.

UPDATE: No podía faltar esto. Si no se hubiera muerto entonces, se moría viendo a Paul Anka (el rey de los ñoños) cantando "Smells like teen spirit". No, no es Richard Cheese.