31 enero 2008

La mentira de la Mentira II: ¿Quién es el flojo?

En el post anterior sobre este tema analicé la relación que se establece entre los participantes después de una o varias mentiras. Concluí que al final a la víctima la toman por estúpida, por débil o las dos cosas; y nada bueno puede salir de eso, sobre todo porque el mentiroso se cree Einstein o Superman en comparación.
Ahora vamos a las excusas, que no son pocas. Otra vez, voy a filtrar a los mentirosos patológicos con problemas neurológicos severos (el "contador de levantes" es uno: nadie le pide que cuente), los que se fabrican una vida basada en la fantasía o los que mienten para estafar.
Estoy tentado de eliminar de este arbitrario estudio a los que mienten socialmente pero, al contrario, quiero empezar por ellos:

La principal fuente de razones para mentir (o la más invocada) es la que tiene que ver con el trabajo que implica decir la verdad, muchas veces no correlativa con el interés del interlocutor o el beneficio común de ambos. Ante cada "qué tal" de los gentiles medioconocidos/desconocidos que tienen la gentileza o la osadía de preguntar respondemos (ponga aquí cada uno su respuesta automática) y hasta es de buena educación hacerlo, en ciertas circunstancias. De hecho, creo haber sido elegantemente (y asombrosamente) preciso en un post anterior.
Nos evitamos un esfuerzo estéril al no dar detalles o no confrontar, pero al final del día uno se da cuenta de que si no tiene cuidado con estas cosas, termina siendo otra persona y que el noventa por ciento de lo que dijo no es más que salmodiar el rito del burgués (uff, peor si anduviste mucho en taxi), y se siente extenuado doblemente (tiendo a desconfiar de los desconocidos que me preguntan, confianzudos, "qué tal, cómo estás"; no sé en qué codo del camino la gente dejó de decir "hola" a secas).
Otra razón para no ser veraces viene con hechos que si bien pueden ser de interés genuino para otra persona, sabemos que son coyunturas pasajeras o sin consecuencias. Generadores de malentendidos, repreguntas o cavilaciones innecesarias, estos hechos son inocuos (lo pretendemos) y evitamos mencionarlos. El problema es que el mero vivir es una serie de hechos generalmente sin interés que, agrupados, explican muchas cosas. Al final, nos pasamos buena parte de nuestras vidas pretendiendo que lo único comunicable son las grandes noticias, los hechos asombrosos, y dejamos nuestra esencia cotidiana -otra vez- en la sombra acusándola de estar infectada de banalidad, sordidez o inexistencia.
Y para terminar este segundo informe totalmente innecesario, está la razón menos invocada, pero la más común de todas: la neurosis. Mayormente, la gente primero se miente a sí misma: intenta convencerse, hace un esfuerzo por desviar la realidad hacia su cántaro, aunque no haya agua en lo absoluto. Nos mentimos mucho, y seleccionamos la fracción de realidad que apoya todas esas mentiras, cosa de lograr algo de correlación, haciendo grandes esfuerzos para conseguirlo y muchas veces sin importar el costo. Vivimos la mentira. Pondría de ejemplo patético el Neverland de Jacko, pero todos podemos calificar de neuróticos con sólo reconocer que cierta ropa nos encanta "porque nos hace menos/más gordo/a". Toda la gente que apoye esa hipótesis nos causará simpatía, de aquí en más.
Aunque nos mientan descaradamente y nos traten de boludos y débiles, seremos felices.