17 enero 2008

La mentira de la Mentira I: "a) Estúpido, b) Débil c) Las dos cosas"

Preliminar
De la mentira se ha dicho mucho: que es el cementerio de la confianza (o la morgue, no recuerdo bien), que tiene patas cortas o que es el lenguaje de la traición. Muchas verdades para definir la mentira.
Hagamos caso omiso de los engaños que tienen más que ver con el código penal que con las neurosis -colectivas o individuales- tan mentadas en estas páginas electrónicas.
Habiendo sido un supino mentiroso durante mucho tiempo, tuve una epifanía: descubrí que siempre que le miento a alguien la relación cambia, de manera que ni una simple mentira blanca (muchas veces dicha con una justificación que siempre sonaba perfectamente lógica a mi oído, pero patéticamente insuficiente a la hora de las excusas) puede salvar del cambio lo que intenté preservar. Siempre se produjo un cambio, no importa si la mentira tardaba años en ser descubierta. Claro, ese cambio es más o menos intuido por cualquiera cuando se arma la de sanquintín a la hora del escarmiento. Se escriben miles de libros y novelas de televisión en los que ese momento es el clímax, y qué feo es estar ahí.
Quiero enfocarme, primero, en el momento mismo del fatal engaño que unirá a varias personas (aparte de los otros intereses que se suelen poner como excusa, tales como amor, trabajo, ideales, gustos, objetivos, y un largo etcétera) para siempre con un lazo que siempre ahoga.

Es la inteligencia, estúpido
Para mentir hace falta cierta inteligencia, pero cuidado: una inteligencia bastante velada. El mejor mentiroso es el que mejor miente, también, su capacidad. No vamos a profundizar ahí, sólo diremos que cuando uno no se cree algo dice "¿me tomás por estúpido?" y ya.
Así que ahí tenemos un buen mentiroso: inteligente y poco dado a sobresalir. Muchos que leen pensarán "yo no soy particularmente inteligente, sólo zafo cuando miento". No, queridos genios, no hay forma de que una mentira se le diga a gente con la que uno tiene que interactuar por bastante tiempo para ser descubierta a los dos minutos. Exige sustento, credibilidad (esa misma que están derrochando), apoyarse en datos fidedignos ("preguntale a Luis"), y hasta tejer una red de engaño ("che, Luis, si llama mi mujer decí que estaba en reunión"). A esto hay que sumarle una buena dosis de actuación: hay gente inteligente que no será nunca buena para mentir porque es pésima para actuar. "Fulano no sabe mentir", suele ser el comentario. Ponerse nervioso -o no ponerse nervioso-, sudar, tartamudear, complicarse con el speech suelen ser problemas típicos del mal mentiroso.
En fin: múltiples tareas que debe llevar a cabo un buen mentiroso y que lo obliga a atar todos los cabos sueltos. Zafar diez minutos queda fuera de los alcances de este post y se lo dejo a las películas con ladrones que se disfrazan de lavadores de alfombras, o se hacen pasar por algún tipo que no vino.
Y ahora voy al meollo: lo peor de esa inteligencia es el handicap que el mentiroso se adjudica, siempre por encima del engañado. Siempre el que miente se pone por encima. Dicho dramáticamente y sin anestesia: tratamos de estúpido al que le mentimos. Y qué relación no cambia cuando uno de los dos es tratado de tarado, aún cuando el genio sea tan hábil como para mantener la mentira de por vida.
Bueno, ya: soy un exagerado. Hay situaciones en las que la inteligencia es apenas una herramienta, pues hay otra verdadera razón por la que almas nobles se embarcan en tan ardua tarea. No todo es ventaja en en el mundo de las mentiras.

"Mama's gonna keep you right here under her wing..."
Hay corazones nobles que se echan encima la verdad y se dedican a cargarla entre pecho y espalda de por vida, sin jamás darnos una pista de su secreto. Puede ser.
Adopciones, secretos inconfesables, maldades ajenas y propias (que se las invoca de involuntarias, de errores, de inevitables) y un largo rosario de situaciones que apoyan desde la mentira de los Reyes Magos ("es tan linda la ilusión") hasta el mantener los secretos más funestos.
En estos casos (y otra vez exagerando) lo que se puede decantar de estas mentiras es que el que miente suele asumir una posición de fortaleza que pone a la víctima en una plano de supuesta debilidad (no se puede evitar el ejemplo de Nicholson gritando: "You can't handle the truth! You have the luxury of not knowing what I know", aunque ya esto tenga que ver con las famosas escenas que más arriba dije que quería evitar).
Otra vez: el pobre sujeto, a fuer de estúpido, también es débil. Imposible mantener el pie de igualdad con él. Y el ejemplo del coronel Jessup trae a colación otra cuestión: más tarde o más temprano, la mentira -como el poder- pervierte. Por más razones que haya para justificar una mentira, cuando se establece el vínculo entre genio y estúpido, fuerte y débil, siempre se correrá el riesgo de que las razones atendibles sean cada vez menos altruistas.

Estupidez & debilidad.
Entonces, estimado lector que pierdes el tiempo en estas lecturas, cada vez que te mintieron te trataron de estúpido. Si, encima, te mintieron "para preservarte", te trataron de debilucho.

Pero siempre hay un contraataque, no desesperar. Ya vuelvo.