13 enero 2008

La cárcel de todos

Hoy en Página/12 leo esta entrevista a "Tucu" Costanzo, uno de los pocos asesinos presos. Más allá de los detalles, y de la evidente connivencia (que Alfonsín disfrazó de convivencia) que todavía hay entre militares, jueces y políticos, la lectura es terrible.
Pasaron tantos años y todavía vivimos en la cárcel. Se explican muchas cosas si vemos que este país no es más que una inmensa jaula. Las leyes las pone el pata y los demás nos contentamos con respetar la jerarquía de pichis mientras esperamos encontrarlo dormido. Lavarle los platos, hacerle la cama, la comida o sobarle la mocha no tiene importancia si la espera tiene como objetivo ocupar su lugar. No importa cómo nos hagamos con el poder, por la fuerza o por elección de los otros pichis: la sangre pasa de poronga a poronga, acumulada y cada vez más fétida.
Miles, miles de pichis esperan un Capo Mesías, un hijo de San Martín, Rosas y Perón (algunos creen haberlos encontrado ya en la santa dualidad que manda la ranchada ahora, o tuvo el suyo en su momento) sin mirarse jamás las manos, escondiendo esa sangre que también los salpica y los culpa. No quieren la libertad: quieren su momento, la revancha por las vidas que dicen haber aportado; y como un justificativo tardío por haberla puesto entonces en condición de derramarla.
Y ojo, no hablo de los dos demonios, doctrina muerta en cuanto se la invoca. No; hablo de los que creen que tienen la razón y justifican cualquier medio por el objetivo. Les pregunto a todos ellos ¿qué cambiaron? Tengo cuarenta años, y las cosas que invocaron para sacar a todos los demonios de sus cómodos hogares de clase media (y de las otras, pero menos) son ahora peores que nunca. La dominación, la explotación, la entrega, el pillaje, la derrota del ser nacional, el occidentalismo cristiano, TODAS LAS PUTAS BANDERAS QUE SE ENARBOLARON están ahí, listas para levantarlas de nuevo, pero no. Ahora todos quieren escaparse de la cárcel, irse a Cariló, a olvidar las cosas feas y concentrarse en las bonitas. Quizá mirar sólo el sector vip del penal a algunos les ayuden a creer que están afuera.
Huir no sirve, el presidio de la memoria nos persigue a todos, víctimas, victimarios y santos inocentes; porque miles de muertos y sus deudos todavía recuerdan. Y miles, asesinos y beneficiarios, intentan olvidar.
Nadie aún escupe esas banderas delante de las cámaras, pero se limpian con ellas el culo, cada día, en la intimidad de su hogar. O cuando los medios les apaguen dócilmente las cámaras para que -off the record- puedan cagarse de risa un rato -tranquilos- de los pichis.
La verdad es que el matadero está aquí, entre nosotros. Y sigue funcionando.

Y tengo miedo.

PD: los que, de cualquier color, credo político o facción demoníaca quieran convencerme de que tenían razón les recuerdo que soy necio, puto, negro, mujer, vendepatria y cagón.