09 enero 2008

El Observador, observado

Yo puedo salirme con facilidad de una situación dada. Tengo un instinto nato para hacer el rol de sociólogo de opereta, capaz de estudiar el comportamiento de mis congéneres en una circunstancia especial sin caer en el embrujo colectivo.
Como, por ejemplo, esta mañana en el trabajo: calor, humedad, aire denso. Todo el mundo con los nervios a flor de piel (sobre todo los que, como yo, no tenemos aire acondicionado y no pudimos dormir muy bien). Las discusiones estaban ahí, esperando cualquier pavada para salir.
De repente, uno se quedó afuera casi quince minutos -al calor del inclemente sol- esperando que le abran la puerta, mientras el portero eléctrico adentro no sonaba por algún problema metafísico con la temperatura. Volaron los insultos, los vos que te creés, los a mi no me grités que qué culpa tengo yo, los con vos no se puede hablar siempre lo mismo, los y vos no te metás si con vos no es y esas cosas.
Agradezco no haber tenido una Kalashnikov cerca. Ahora no estaría escribiendo esto, haciendo gala de mi capacidad de extraerme de una situación.
Estaría metido en la situación hasta las verijas (y en la cárcel).