29 diciembre 2007

¿Qué haríamos sin Dostoievsky?

Y el starets repuso:

‑Eso mismo me dijo hace ya mucho tiempo un médico amigo mío, hombre inteligente y de edad madura. Se expresaba tan fran­camente como usted, aunque bromeando con cierta amargura. Me decía: «Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido el calvario por mis semejantes, si hubiera sido nece­sario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos. Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ar­diente es mi amor por el conjunto de la humanidad.»

‑¿Qué hacer, qué hacer en tal caso? Hay para desesperarse.

‑No. Basta con que se sienta usted desolada. Haga todo cuan­to pueda, y se le tendrá en cuenta. Usted ya ha hecho mucho por conseguir conocerse a sí misma profundamente, tal como realmen­te es. Si me ha hablado con tanta franqueza sólo para oír mis ala­banzas a su sinceridad, no conseguirá nada, seguramente, en los dominios del amor activo: todo quedará reducido a un sueño, y como un sueño transcurrirá su vida. Entonces, claro es, se olvidará de la vida futura y, en fin de cuentas, se tranquilizará de un modo de otro.

‑Me abruma usted. Ahora me doy cuenta de que, al hablarle de mi horror a la ingratitud, daba por descontados los elogios que me valdría mi franqueza. Usted me ha llevado a leer en mí misma.

‑¿De veras? Pues bien, tras esta confesión, creo que es usted buena y sincera. Aunque no alcance la felicidad, recuerde siempre que está en el buen camino y procure no salir de él. Sobre todo, no mienta, y menos aún a sí misma. Observe sus propias falsedades, examínelas continuamente. Evite también la aversión hacia los de­más y hacia sí misma. Lo que le parezca malo en usted, queda puri­ficado por el hecho de que haya visto que es malo. Rechace también el temor, aunque éste sea únicamente la consecuencia de la mentira. No tema jamás a su propia cobardía en la persecución del amor. Tampoco debe asustarse de sus malas acciones en este terre­no. Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo, comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y es­pantoso. El amor contemplativo está sediento de realizaciones in­mediatas y de la atención general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia. Pues bien, le anuncio que en el momento mismo en que vea, horrorizada, que, a pesar de sus esfuerzos, no solamente no se ha acercado a su objetivo, sino que se ha alejado de él, en ese momento habrá alcanzado su fin y verá sobre usted el poder misterioso del Señor, que la habrá guiado con amor sin que usted se haya dado cuenta. Perdone que no pueda de­dicarle más tiempo: me esperan. Adiós.

Los Hermanos Karamazov, Fedor M. Dostoievsky

Esto para Cassandra, que tanto me acusa de linkitis (¡y de haberse contagiado!).