03 diciembre 2007

Nueve párrafos para olvidar un amor.

La universidad prometía ser pesada. Había caído allí con alguna demora, y ya estaban bastante avanzados en el año lectivo. Mis compañeras, gentiles, se ofrecieron a repasar las dudas, sobre todo en Matemáticas Especiales. Dos de ellas, notables bellezas, intentaban llevarme por los callejones tortuosos de las ecuaciones como quien conduce a un convaleciente, aunque no se esperaba que guiaran a un torpe ciego: con zozobra comprobé que sólo se proponían repasar conmigo los capítulos XXI y XXII ¡Yo no sabía nada desde el primero! La angustia me alcanzó y casi me impide ver mejor cómo una de las "tutoras" se abría la bragueta del ajustado jean, dejando ver la ropa interior, mientras se encorvaba en su asiento. Desde mi lugar en el círculo en el que nos hallábamos sentados, como en un ensayo de teatro, no podía entender a qué venía mostrar el ombligo de esa manera; comprendí el gesto, el placer que le provocaba arquearse, desentumecer los músculos y tensar las vértebras (tal vez, hasta del gozo de saberse observada), pero no me provocaba placer visual alguno. Podía ser ella, más no yo viéndola a ella.
Luego caminábamos varias personas en grupo por una calle nocturna. La nieve abundante se sentía en los pies y blanqueaba un modesto círculo de refulgencia alrededor de las potentes luces a baja altura que nos encandilaban. Diríase que un estúpido ingeniero había puesto las luces de vapor de sodio a la altura de nuestras cabezas (bastante escasas para peor), obligándonos a andar buenos trechos en la oscuridad total, pateando montañas de nieve y las traicioneras piedras las fundaban.
Salpicaba con desprolijidad la cadena continua de luz-oscuridad las claridades de algunos comercios que, a esa inopinada hora de la madrugada, aún permanecían abiertos al requerimiento de los numerosos paseantes como trenes de pie, humeantes sus alientos, siguiendo raíles oscuros entre blancos prados...
Una de mis acompañantes le recomendó a otra la cura para su depresión post amorosa: en uno de esos negocios María, la de las trenzas, vendía un secreto papel en el que se inscribían nueve párrafos que limpiaban de amables futuros posibles (y pasados modificables) al angustiado lector, permitiendo cerrar para siempre rupturas unilaterales.

No, si mis sueños no tienen nada que envidiarle a las pelìculas de David Lynch.