11 noviembre 2007

Sunday morning

Domingo por la mañana. Domingo soleado.
Las familias temerosas de Dios salen de La Piedad, rebosantes de ángeles y demonios. Mientras, algunas personas más pragmáticas apuran las compras, antes del fetuccine al tucco o el vacío con papas al horno que congregará a hijos, cuñados y nietos en el festín dominguero.
Una pareja de adolescentes, con el desaliño de la madrugada sabatina en vela, se asoman por Corrientes esperando un sesenta que todavía remolonea por Recoleta, dudoso de volver al tercer mundo de Once y Constitución. Se besan al sol de esta invernal mañana de noviembre, pestañeando cansancio. Buenos Aires parece una ciudad tranquila, una ciudad inofensiva, una ciudad digna de los dos rubios turistas alemanes que le sacan fotos a los edificios de Callao.
Desde Riobamba un hombre cruza desnudo la calle que ya no es la que era. El patrullero parado inevitablemente frente a una pizzería tradicional porteña -con pudor habrán pensado que era temprano para clavarse una de anchoas- entra súbitamente en actividad: golpe de sirena, puertas que se abren y cierran con sincronización de academia, gritos de alto, clicks de armas automáticas; y el mono infame es apresado (entre someras sonrisas y otros gestos de "qué vergüenza" de las más señoras).
A pocos pasos, un niño descalzo de apenas diez años dormía su sueño de pegamento en la vereda de la misma pizzería, al sol de la mañana, invisible a todos.
Buenos Aires nunca será una ciudad inofensiva.