15 noviembre 2007

Historia de un muchacho

Como siempre, mi obsesión por las neurosis (las ajenas y las propias) me lleva por caminos extraños: ahora le toca a la fe.
Voy a empezar de cero: defino -para este post- a la fe como una convicción que no se sustenta con pruebas contundentes. Llámese contundentes a verificables de algún modo riguroso y que no requiera, precisamente, de creer sin pruebas. No me voy a poner a discutir eso, de todas maneras.
Voy a ser totalmente crédulo y voy a suscribir sin dudar cada una de las creencias de una persona equis. Tomaré a alguien que verificablemente sepamos en qué cree. Por ejemplo, un católico militante. Un joven militante católico, ardoroso en su fe, incólume a los culos (suena cacofónico pero me gusta) de Nazarena y Wanda Nara y que está dispuesto a brindar testimonio de su fe sin miedo.
Ese muchacho cree en la columna de fuego, en la columna de humo. Cree en los Santos Devotos, en la Inmaculada Concepción, en la Santísima Trinidad; en fin, en todo el Credo. Cree en la omnipresencia de Dios, en su omnipotencia, en su omnisciencia, en su facultad de crear círculos cuadrados, en la de levantar cualquier piedra que él mismo haya creado con la condición de no poder levantarla y, por sobre todas las cosas, pretenderá comprender cuál es la lógica de de Dios al incarnarse en un Hijo que terminará, aún siglos después, clavado a un madero como símbolo de su fe.
Ya que lo dije, aprovecho: la fe que la Iglesia toda venera, no es más que la de los santos. Aquellos que, de un modo u otro, han tenido el valor de tener una que al menos tuviera el tamaño de un grano de mostaza. Los mártires, que han resistido torturas inhumanas (como la mentada por Dostoievsky en los Hermanos Karamazov y que tanto perturbaba a Smerdiakov), hecho milagros (esos son los que más abundan ahora, no le pidan al Vaticano que reconozca martirios en esta época tan compleja para las relaciones internacionales), o a los que en su momento han sido agraciados con alguna presencia celeste.
También cree, no olvidarlo, en un Infierno inmortal, en donde los réprobos son torturados cien mil veces más duramente que el más sufrido de los mártires y en donde ya no hay redención posible; y en un Purgatorio que de tan duro te hace suspirar por no ser ese mismo santo mártir que murió apaciblemente hervido en aceite, castrado y siendo cenado en agonía por sus torturadores.
Entonces, tenemos un muchachito como describo aquí. Un verdadero creyente, capaz de discutir con un agnóstico como yo durante horas, ofendiéndose con cada uno de mis "y si..." y meneando la cabeza ante cada una de mis herejías especulativas, para terminar molesto y jurándose evitarme cada vez que me vea de acá en mas.
Yo quiero que alguien me diga, siempre pensando en todo lo que este muchachito cree a pie juntillas y sin ponerse a extrapolar, por qué pasan estas cosas (o éstas).
¿Necesitan la Virgen, Dios, Cristo, el Espíritu Santo, los Santos mártires, la Inmaculada Concepción, o lo que sea que esté más allá de este valle de lágrimas de una horda de muchachitos creyentes para defenderlos?
¿Su fe es tan débil que no puede tolerar tan liviana infracción? ¿Temen perderla por simpatía y salir corriendo a escribir Justine?
¿No son acaso unos pobres pecadores? ¿No era que no había dignos de tirar la primera piedra? ¿No deberían mirarse, más bien, ellos mismos y, en un rapto de lucidez, decirse qué hicimos para merecer esto y ser capaces de contestarlo? ¿O no creen una mierda en todo lo que dicen que creen, nos mienten, se mienten y esto no es más que un juego de poder, un juego en el que el número es el verdadero tema importante? ¿No demuestran con esto que no son más que una patética banda de apóstatas, viviendo una neurosis religiosa que les permite vivir en la misma mierda, tragar la misma mierda, cagar la misma mierda, ser -en definitiva- la misma mierda que somos todos, pero pensando que no? ¿SERA QUE NO ALCANZA CON EL INFIERNO PARA LOS PECADORES PORQUE NO EXISTE? ¿Y el poner la otra mejilla, y el no ver la paja en el ojo ajeno, y el sermón de la montaña, el por mi culpa, por mi culpa que repiten cada domingo, miserables cobardes? ¿Qué otro evangelio existe, qué otras ocasiones están esperando para vivir lo que dicen que creer? ¿No entienden la metáfora de Jesús y la higuera estéril?
Sus desviaciones han justificado actos criminales en el pasado, y esas justificaciones siguen intactas. No importa si ahora no mandan gente a la hoguera, o si se despegan -tarde- de sus abyectos esbirros; no importa si el privilegio de dictar sentencias de muerte para artistas momentáneamente lo tienen los árabes. Todavía llaman por teléfono a jueces o médicos pusilánimes para recordarles que sus hijos van a colegios católicos -por mencionar algunos aprietes- y consiguen torcer fallos, anular sentencias y asustar como siempre, haciendo que la noche de los tiempos se prolongue desde la primera bruja quemada hasta el presente.
Ese muchachito, ése débil pazcuato de morondanga, incapaz de tener la valentía de hacer crecer su fe por encima de un insulto y demasiado cobarde para vivir de acuerdo a lo que dice creer; ése muchachito es el ser más peligroso que existe.
Este post termina con una oración inquietante para esos muchachitos:

¿Y si existiera el Infierno?

(Update: Esto no tiene nada que ver con esto. Lo juro)