20 septiembre 2007

Buenos Aires no me mata

Desde que estoy otra vez en la ciudad que ha sido renombrada administrativamente como Ciudad Autónoma de Buenos Aires (cambio pavote, porque ahora le dicen, tan coloquial e incompletamente Ciudad Autónoma, como antes Capital Federal), me he reencontrado con todos sus males, pero también con sus beneficios.
Podría hacer una larga enumeración de los aspectos negativos (ejemplo: la aglomeración. Si bien cualquier ciudad de tamaño pequeño tiene su centro atestado de gente, Buenos Aires hace gala de su marea de carne malhumorada y fastidiosa cuya facilidad para ponerme sicótico es sorprendente; como cuando tuve reales deseos de emprenderla a paraguazos con los imbéciles que se paraban en Montevideo a medio camino para elegir qué restaurante estaba más lleno de gente -siguiendo la máxima de los camioneros- con total desinterés por los estúpidos caminantes de tan angostas veredas), pero no, voy a ser positivo, por una vez. Hay cosas de Buenos Aires que sólo hay aquí:

  • Librerías.
  • Cines por todos lados (no es como antes, ya sé, pero ningún lugar tiene la misma oferta).
  • Lugares para caminar -a ciertas horas de la noche, o los fines de semana-, muy agradables (y con lluvia, mejor).
  • Alfajores Capitán del Espacio (¡gracias a Gé!).
  • Las comilonas en Los Sabios.
  • Las conversaciones.
  • Los colectivos (digan lo que quieran, ahora están mucho mejor que hace unos años, no así los trenes y subtes)
  • Las oferta de cervezas (aunque todavía no se hayan percatado de que falta la Salta Negra)
Bueno, ya doy asco.