27 agosto 2007

Las palabras y la fiaca.

Algunos temas que se vienen hablando en blogs afines a Gebiet -afines al gusto de su perpetrador, entiéndase- (por ejemplo aquí, aquí y aquí) son la ortografía, la gramática, la sintaxis. O el maltrato que sufren, mejor dicho.
Para colaborar con esta campaña e hilar más fino (equivalente a ser retorcido, como suele ocurrirme), voy a hablar de la pereza en el lenguaje, porque algo escrito con errores no mejora con la cantidad de palabras, pero el laconismo perezoso y abundante (valga la paradoja) habla de un desprecio similar por el lenguaje.
Y no me refiero tanto a la fauna que pervive en la mensajería instantánea; los fotoblogueros o ciertos blogs de los que no quiero acordarme, sino de esa minoría (escritores, periodistas, locutores, animadores, entre otros) que tiene la palabra como vehículo imprescindible y que, habiendo superado el escollo de la educación formal, quedan atrapados en su mera falta de voluntad para utilizar el lenguaje de manera eficiente. Sí, no es más que el famoso problema de la eficacia versus la eficiencia.
Hay textos formalmente correctos, irreprochables, que son bastante más ilegibles que un "OlA oSo! Sho Ke sOy una NeNA ShIKiTiTa T kiErO uN Toco!" y necesitan del lector un poder de concentración más digno de un Góngora.

Para ejemplos más cómodos, el periodismo o la narrativa moderna:
  • Es común que los periodistas deportivos hablen de un equipo de fútbol como si se tratase de una persona: "Boca atacó con furia en el primer tiempo". Eso está bien, no hay problema. Pero siempre se extralimitan. El fútbol, como tantos otros, es un deporte colectivo. No puede hablarse de una entidad colectiva en singular mucho tiempo sin caer en cierto animismo (algo que le está vedado al comunicador, porque para eso es necesario un artista): "Boca tomó conciencia de los errores que había cometido, y en el vestuario hizo la necesaria autocrítica que lo llevó por el camino del triunfo en el segundo tiempo". Basta para mí. Me a voy a leer a Lewis Carrol. Lo hace mejor. Estoy con Dolina, cuando dice que no hay nada más aburrido que un locutor con berretines. Desconfiad de aquel cronista que pinta el cielo de las tardes futboleras, lunas que hacen las veces de balones, y sobre todo, cuando dicen "tardenoche".
  • Ya que hablamos de medios, es cansado el uso de la jerga profesional en la construcción del propio contenido de los mismos. Se llenan cada día de más basura autorreferencial que no dice nada: "vamos a un corte", "después de la tanda", "en el próximo bloque", "la producción me dice que...", "hoy tenemos en el piso a...", "volvemos a estudios". Lo peor es que esas cosas se nos pegan, y hoy en día hablar así es perfectamente natural para cualquier persona aunque jamás haya hollado el piso de un estudio de televisión.
    ¿Alguien puede decirme qué es un programa de entretenimientos?
  • La concisión cuando no es otra cosa que vaga vaguedad. Esto es muy común entre quienes estamos haciendo los pinitos con la escritura. Se fatiga uno entre tanto verbo carente de pretensiones. A veces son hijos del intento de economizar, lo que no viene mal en los adjetivos, enemigos de la comunicación, pero no suele ocurrir así. Adverbios, sustantivos, verbos, pronombres, por no decir párrafos enteros debe aportar el lector para hacerse con el sentido del escrito. Para eso, que escriba él, y ya. Es pereza, y ya.
    La acción como mero fin exige una tensión que no se libera nunca. Describir las minucias de una vida monótona para mostrar su miserabilidad es un excelente recurso, pero darle al lector una larga enumeración de los comandos en los movimientos que ejecuta el protagonista es arduo de balde. Y muy común. En los best-sellers abunda la acción. Se llega al punto de describir los sentimientos como parte misma de una secuencia de acciones mecánicas. Me cansa.
  • Derivada de la anterior: Está bien cuando London o Hemingway nos niegan conocer circunstancias de los personajes porque son irrelevantes o porque la omisión juega con un prejuicio del lector, fundamental para el relato. Es un buen recurso para el cuento, peligroso para la novela. No decir algo relevante a cuenta de aclararlo después puede ser una estafa, a veces. De esas cosas están llenas los dramones de la televisión, por ejemplo, con el recurso de los parentescos desconocidos.
  • Las deformaciones derivadas de la excesiva figuración, pletórica de alusiones, pero otra vez fatigosa (o equívoca): "los parámetros plásticos del pintor balear". Ejem. Lindo.
  • La inclusión de palabras "duras", que obligan al lector, aún al medianamente instruido a leer con un diccionario al lado. Por ejemplo, un título del suplemento Cultura del diario Perfil dice: "La historia, ese palimpsesto invertido" ¡Linda palabra, palimpsesto! Linda por sonora y porque sirve de mojón: ¡Hasta aquí llegáis, oh turba inculta! ¡Lo que sigue será más difícil de leer y de entender, aún. No sigáis, he dicho, sin muniros de vuestros imprescindibles Larousses!
  • Volviendo a los medios (pero gráficos): el periodismo de manual. Por ejemplo, el abuso de la narrativa al estilo nuevo periodismo para informar sobre cuánto está el kilo de papas. También, el uso constante de eufemismos, jerga policial, jerga delictiva (¿el lunfardo no lo es?). La mayoría del periodismo en sí debe replantearse su lenguaje, realmente.
  • El modernismo estúpido: no usar puntos, comillas, punto y coma, mayúsculas al principio de una frase, sustitución de */signos/* (cual si fuéramos una vieja PC 286 con WordStar).
Querido amigo escritor, periodista, locutor, y similares: las ideas son caras. El mundo no anda sobrado de ellas y comunicarlas mal es casi lo mismo que no hacerlo. Si algo del proceso de crearlas o comunicarlas te resulta aburrido, pesado o complicado, estás ocupando un lugar que no te corresponde. Cientos de personas están preparadas para dar lo mejor de sí con tal de hacer el mejor trabajo posible.
Igual, no existe el escritor perfecto. Aceptar críticas, aprender y tomarse el trabajo necesario para mejorar. Aunque no se mejore, aunque se inauguren nuevos errores cada vez.

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