21 agosto 2007

¡Harían remake de Bambi cibertrónico!

Primero, Transformers. No le presté demasiada atención.
Después anunciaron Meteoro (Speed Racer). Me dije: "bueh, tal vez sea una cuestión de cholulos famosos". Hay muchos (ya hablaremos de ellos).
Hace poco hablaron de rehacer Rescate en Nueva York y me empecé a percatar del fenómeno: Hollywood tiene problemas con los costos fijos gigantescos de los departamentos de efectos (aparte, algunos países del tercer mundo están haciendo que ciertas partes del CGI o animación sean más baratas, como el nuestro) y se está quedando sin ideas.
Cuando dijeron de hacer de nuevo Viaje Alucinante, me agarró la desesperación. No sólo están rehaciendo películas de mi infancia, sino que están haciendo casi todo Cine B(izarro), y claro, historietas y animé sesentoso/setentoso.
El festival de remakes incluye: Voltron, La Fuga de Logan, Barbarella, Operación Dragón, Death Race, La Isla de los Muertos, La cosa.
Esta última tiene gracia: ya era una remake de John Carpenter de El enigma de otro mundo de Howard Hawks, basada bastante libremente en un cuento de John W. Campbell -el descubridor de Asimov, Phillip Dick y otros actuales surtidores de ideas para los estudios-, que Carpenter pudo adaptar bastante mejor.
Uno se pregunta: ¿Para qué hacer una película de la que ya se conoce todo, incluso el final?
Porque la historia no importa, es sólo una excusa. Por eso los trailers son cada vez más reveladores (poco falta para que te digan quién es el asesino). Las ideas originales no son negocio, salvo que vengan de verdaderos vendedores, como Arriaga o Palahniuk. Pero al final, todo se trata de los mismo: adaptar.
Está claro qué pasa: a Hollywood le molestan las historias.
Con la verdad a media voz de que muchos ejecutivos de los estudios ya no sólo no leen sinopsis (antes, ya no leían guiones ni mucho menos libros) y sólo se dignan manejarse con story boards (y que hacen las veces de contrato de contenido), el único modo de hacer films es respetando historias simples, con algún retruécano medio ingenioso en el medio, pero sin demasiada complejidad. Muchos directores son reclutados para hacer películas de las que nadie conoce el guión final. Cuando les toca leerlos a ellos, el mismo es una bazofia insufrible. Entonces empiezan los tires y aflojes: o cambian los guionistas o renuncia el director, o le ofrecen algún soborno a cambio de dirigir esa basura sin demasiados cambios.
Claro, llega un punto en el que los departamentos de efectos se saturan de trabajo (aparte, no es bueno poner todos los huevos en una sola canasta), y entonces empieza la temporada de trabajo para los otros directores, los que sienten alguna reluctancia por el CGI y el exceso de efectos (o se terminan los proyectos soborno).
Una nueva generación de directores parecen que le agarraron el punto a esta cuestión: Cuarón, Del Toro, Rodríguez, Tarantino, Shyalaman, Burton, Abrams (sí, dispar lista, pero escasa).
Sin embargo, otros directores aún no y creyendo que dramatizar entre medio de las escenas de acción satisfacen la necesidad de que el cine no sea sólo explosiones y monstruos, arruinan lo poco que debería ser adaptación real de una historia de aventuras pletórica de explosiones y monstruos (como pasó en Spiderman 3).
A Hollywood le pasa lo mismo que al porno: entre darle una hilación temática a las folladas o dejarlas huérfanas de sentido. Tal vez, porque el único cine que consumen con fruición los ejecutivos de las majors no sea otra cosa que el que sigue las peripecias de Garganta Profunda.