12 julio 2007

Valle Nuevo

Hace un tiempo escribí un post sobre lo difícil que es cambiar. No cambiar de auto, de panadería (es riesgoso, pero a veces no hay más remedio), de marca de guitarra (¿lo haré algún día?). Son decisiones que por lo general cuesta tomar, pero uno las toma y ya. Auto nuevo, facturas de manteca mejores (generalmente, no) , o una horrible Jackson colgada de tu hombro.
Lo realmente difícil es cambiar algo que no cambia por el mero hecho de cambiar de opinión. No vas a dejar de llegar tarde a todos lados, por más que estés muy convencido, de un día para otro. No vas a conseguir una novia al instante, por más enamoradizo que te hayas vuelto. No vas a ser gerente mañana, por más que hayas decidido entrar en la carrera jerárquica con mucho tesón esta misma tarde.
Esas cosas, para conseguirlas, tienen que ser hechas durante un tiempo necesario. Tener constancia. Ser constante.
Dos cosas nos hacen trastabillar: la excesiva fe (que nos confía demasiado) o la falta de ella (que nos vuelve abúlicos).
Decía al final del post que ahora tenía un poco de fe.
Y la fe fue creciendo, se estabilizó y con ella de motor subí hasta la cumbre. Costó mucho. De a ratos, me senté en una piedra y miraba el valle que dejaba atrás. No era muy distinto de cualquier otro valle. No hay muchos valles muy distintos, unos de otros, me decía. Y me quedaba ahí otro rato. Pero esa fe renovaba el esfuerzo, y volvía a trepar, despacio.
Un día, llegué. Mitad de camino. Ahora hay que bajar.
Miré el nuevo valle, a mis pies: esperaba encontrarme con -quizá- un valle decente, un río y algún que otro árbol donde descansar del calor. Ahora me doy cuenta cuan pequeña fue mi fe.
Ahora que veo qué hay delante, bajo a los trompicones, tropezando, agarrándome de las piedras un segundo antes de que se desmoronen. Voy corriendo, casi en caída libre.
Me falta un largo trecho, todavía, y no veo el momento de tirarme de panza en esa verde pradera, jugar con las nubes miyazakianas, beber de los manantiales, temer sus tormentas.
Allá me espera un paraíso demasiado hermoso para abarcarlo de una sola mirada. Deberé explorarlo, respetarlo y hacerlo respetar. No es mío, jamás podría serlo.
Voy bajando, corriendo, con lágrimas de felicidad en los ojos.
No es mio. No lo es.
Pero me lo merezco.