23 mayo 2007

Peligrosos descubrimientos

Definir el sexo de una persona se está tornando cada vez más difícil. Para las personas que necesitan un mundo ordenado, es absolutamente relevante saber con quién (o con qué, pero ese es otro tema) se acuesta uno, pareciera. Claro, antiguamente un gay se iba seguro al infierno, y un straight temeroso de Dios debía evitarlos si no quería acompañarlo (entre otras cosas, pero uno siempre puede acusar a otro por irse al infierno).
Pero el mundo se hizo ordinariamente impermeable al susto infernal, y encima hubo ya tantos Capotes, Freddy Mercurys y Simones en el medio, que -gracias a la neurosis colectiva- el sexo se volvió algo irrelevante para algunas cosas cuando hay éxito de por medio.
En realidad, siempre se mantiene el anatema sobre algo: he oído decir a algunas de estas bienintencionadas personas "peor que los homosexuales son los bisexuales, que son unos degenerados".
Sin embargo, la ciencia les está jugando una mala pasada: parece que los tiburones (y los dragones de Komodo), de los animales más antiguos del planeta y quizá de los más evolucionados, cambian de sexo según la necesidad. Cuando un grupo de hembras detecta que el entorno no provee los machos necesarios se produce la partogénesis, con material genético materno.
¿Llegará el día en que las mujeres tendrán que usar contraceptivos para sí mismas, de tanto evitar departir con hombres?

Mejor me dejo de preguntar.