29 mayo 2007

Flechas autodirigidas

Cuando joven (me refiero a muy joven), establecí algunos futuros en los que me veía más probablemente que en otros. Eso, quizá, lo hacen todos. Si no te gusta el oficio gastronómico, no te vas a imaginar con un ristorante en los Abruzzos, por mucho que te guste el spaghetti.
¿O sí? Sé de desorejados que estudian para docentes de música, y todos sufrimos a Susana Giménez insistiendo en cantar. En fin...
Bueno, como sea: las personas más o menos conscientes de sus propios gustos, limitaciones y aptitudes (y con las neuras apuntando para otro lado), en algún momento de su adolescencia, cuando se empieza a intuir el mundo adulto que se viene, proyectan objetivos de máxima, la mayoría de los cuales no dejan de ser cosas como: me imagino viejito en una cabaña en las montañas; o tendré un velero por casa y las estrellas como límite; o se imagina rodeado de nietos, hijos, perros, gatos y alguna boa constrictora.
O sea, uno elige. A veces no pasa del mero hecho enunciativo, pues el solitario lobo de la estepa, cada vez que le toca elegir la soledad o pastar mansa y gregariamente en la colina de la opulencia familiar, se olvida del velero, la cabaña y chau. Así nunca llegará. Otro neurótico.
Algunos, tercos, eligen cosas que están muy por debajo de sus aptitudes: la que "quiere ser maestra jardinera" (con respeto por esa profesión, en realidad, se trata de cualquier titulo). Terminada la carrera, con el diploma en la mano, un horror vacui la atenaza. De repente, quedó sin norte.
Este vacío suele ser el principal enemigo de las parejas. Cuando aparece, suelen remediarlo con el "Proyecto Casorio". Eso, si a ambos les toca simultáneamente. Cuando le ocurre sólo a ellas, hay que temer embarazos de prepo (y posteriores casamientos). Y cuando es a ellos, hay que temerle a las "canas al aire".
Así que está claro cuán lejos se ha de apuntar la flecha. Ahora ¿y si no llegamos nunca a esa meta?
Frustración.
Una amiga siempre se imaginó rodeada de una familia numerosa. Pasaron los años y sigue ahí, rebotando candidatos que no tienen intenciones de formar una familia como a ella le gustaría. A veces, demora el momento de la confrontación para disfrutar un poco, pero el final siempre llega.
Le pregunté si alguna vez replantearía el objetivo. Hace unos años, el no era rotundo. Pero ahora surgen dudas y quizá esté dispuesta a reducir el número de niños, o cosas así. Pero en el fondo, sigue, fija, con esa imagen ahí. Y no es feliz.
¿Ella es infeliz sólo por el ahora? No, también por el futuro. Es infeliz ahora, y en el futuro. Eventualmente, desarrollará una neurosis protectora.
También, hay gente que cambia de planes como de calzones, y al final nunca logra ninguno.
¿Qué aprendí? Que no sirve de mucho planificar demasiado. Mejor saber bien qué es uno. Conocerse bien. Liviano, sin demasiadas expectativas y con el espíritu listo para el asombro.

Como dice un amigo "el patio barrido por si vienen visitas y la alforja lista por si hay que salir".