21 mayo 2007

Biocombustible

Normalmente mi cabeza es un pequeño Le Creusot. Allí se forjan con el calor de mis febriles pasiones -y a martillazos- mis mayormente inútiles ideas. Si, uso un combustible peligroso, pues nunca es indiferente a la materia que moldea y da calor.
En ocasiones, la temperatura de los hornos se dispara por usar demasiada emoción en la mezcla, (o porque el producto de tanto templar, repujar y recalentar se vuelve inmanejable) y el calor descontrolado, una flaming wave, se cuela por todas las dependencias, abrasándolo todo. Obviamente, el depósito de combustible es el primer lugar que revienta, convirtiendo el accidente en tragedia.
Entonces mi cabeza se apaga, quedando sólo un rescoldo carbonizado, al que hay que dejar que se consuma. Luego no queda casi nada. Sin combustible, sin su calor, los martillazos continúan pero son el no poder hacer otra cosa.
Rebuscando entre los restos carbonizados suelo encontrar que alguna pieza inacabada, quizá por demasiado ambiciosa, brilla como si la incandescencia se le hubiera pegado, como un Silmaril. Templada más allá de las pobres capacidades regulares de mi fragua, no hubiese salido nunca de mi cabeza sin la explosión.
Con mucha más regularidad suele ocurrir que alguna pieza promisoria, atesorada, mimada por mis más sutiles artesanos, queda rota, inservible y convertida en una dolorosa muestra de estupidez y torpeza.
Ahora estoy en plena tarea: estoy ocupado con la pieza más importante y ambiciosa. Me parece que es hora de comprar algunos matafuegos, poner baldes de agua, instalar una represa, poner un gran cartel de "rol de incendio" y sobre todo, mudar el depósito de combustible a otra parte.

A mi corazón, por ejemplo.