10 abril 2007

Road to Nowhere

Desde el cómodo estado de molusco precoz -cuando no tenía más que catorce años y nada de mundo-, hasta el de gran pescado que nada río arriba con facilidad -con muchas vivencias acumuladas, pero sin inocencia-, viví acelerado toda mi vida.
Estaba en una carrera por el escalafón: anhelé tanto las jinetas que me daría el pasar a la próxima etapa, que las que ya tenía en la chamarra me resultaban un certificado de fracaso. Y no disfruté mucho. Siempre pensando en vivir rápido, quemar las naves, dinamitar el pasado.
Una especie de carrera por los millones en la que recibía como pago por lapidar mi vida, algo menos de lo que costaría el próximo millón. Sí, mi vida fue saldando la diferencia. Diferencias cada vez más grandes.
Agotado, hace poco, me detuve. Paré la carrera, no a tomar el resuello, sino dispuesto a no correr más. Estuve abatido, cansado, resignado. Pero pronto volví a ser yo, sin velocidad, con los talones firmemente anclados en la tierra, con el aplomo que hubiese sido útil antes, pero que nunca es malvenido.
Descubrí cosas que me agobiaron, porque eran verdades de perogrullo: en esta carrera no hay metas finales -si dejamos de lado la muerte-. Realmente, el premio está en otro lado. Disfrutar el paisaje, por ejemplo. Es un camino sin destino conocido: el apurarlo no acerca el final.
Entonces, para recuperarme recurrí a ese viejo amigo, el sentido de la maravilla, tan común en mi infancia, en aquellos años de molusco. La capacidad de asombro, casi al instante, sin darme cuenta, se afianzó sin esfuerzo. Y empecé a vivir cosas que no pude, no supe, para las que no tuve tiempo, o para las cuales el cinismo me ganó con demasiada premura.
Completando todos los huecos que dejé en el camino, que -oh, casualidad- son los más gratos, me doy cuenta qué niño soy todavía, y cuánto odio al hombre triste que fui por no dejarme vivirlos.