30 marzo 2007

Todos a la plaza

El 9 de diciembre de 1980, con apenas doce años, me encontraba viviendo en un pueblito serrano del interior de Argentina. El lugar era uno de esos paraísos hippies, como San Carlos Minas o El Bolsón, que aún no tenía la fama que tendría en años posteriores, y era un verdadero edén.
Esa noche, convocados por una fuerza oculta, conforme nos enterábamos de la noticia, nos íbamos acercando a la tranquila plaza del poblado para compartir el azoramiento:
John Winston Ono Lennon Stanley había muerto. El bardo de mi generación había sido truncado el día anterior por cuatro disparos descerrajados por un loco religioso, enfermo de odio, llamado Mark David Chapman. Se había apagado entre las manos de Yoko que, desesperada, trató de tapar los orificios con las manos, en un intento por salvarle la vida, que se le colaba por las heridas.
(Sí, la misma Yoko que lo iluminó, lo hizo mejor persona y lo cuidó de sí mismo y de los Beatles. Tan vilipendiada por los fans sin cerebro. Esa.)
Nunca hubo una noche más triste que esa, hasta entonces, para nosotros.
El tipo que era más famoso que Jesús, estaba muerto.

Todavía no me recupero.