18 marzo 2007

Cheese Music

Yo sé que puedo presumir de melómano. Por lo menos con algún crédito. Y no digo que sea un erudito, pero escucho buena música. Generalmente.

(...)

Sí, dije "generalmente". ¿Y qué? ¿No puedo tomarme vacaciones de mi atribulado snobismo musical? ¡Bráse visto! (Mamá de Mafalda dixit).
Esta bien, todos tenemos nuestros pecados musicales. Lo aceptemos ya.
No hablo de bailar cumbia como un frenético en el casamiento del primo Heriberto (mi versión personal es la tarantella, que bailo hasta que se sale el corazón por la boca -pronto ocurre, mi estado físico es calamitoso-). Bailar, con dos alcoholes de más, te bailo hasta una salmodiar gregoriano (y sin Enigma de fondo).
Tampoco hablo de tener por ídolos musicales a tipos que están parados en el peor lugar: a mitad de camino entre el sebo y el latrocinio pleno al arte de combinar los sonidos.
Me refiero, más bien, a esas cancioncitas totalmente grasas que se nos quedan en la cabeza, que cantamos mejor que el intérprete original y que ni en la ducha nos animamos a cantarlas, porque nos damos mucha vergüenza a nosotros mismos.
No sabremos tal letra de Serrat, pero la de esas canciones está fijada a fuego, sin esfuerzo.
Peor aún es cuando el gusto está diseminado en buena parte del repertorio del cantante, músico o grupo musical en cuestión:
Yo les puedo hacer un Top Five, en un auténtico sincericidio:
  1. Jamás - Camilo Sesto.
  2. La distancia - Roberto Carlos
  3. Ayúdala - Mary Trini
  4. Cara de Gitana - Daniel Magal
  5. Hipocresía - Aldo y los Pasteles Verdes
El último me duele hasta a mí reconocerlo. Es, lejos, la peor gronchada de todas.
Pero claro, esto no se queda así. Ahora quiero sus grasadas.