25 febrero 2007

Fiebre del domingo por la mañana.

Recién, mientras preparaba mi mate dominical matutino (ése que tanto disfruto, el culo apoyado en la mesada; la secreta alegría ególatra que me da cuanto está bien cebado, con espumita y a la temperatura justa), pensaba en este post. Es un post doble, pero cada parte está tan conectada, que no pude separarlas. Paciencia.

Desde que descubrí a las mujeres como objeto de deseo tuve un extraño problema con acercarme a ellas del mismo modo que otro muchacho normal.
Alguien, en mis años adolescentes, tomando en cuenta mi morosidad y mi bajo índice de novias, le dijo a una amiga en común que yo "era un lenteja".
Voy a explayarme:
Cuando caí en la cuenta que existía algo así como un rito para "declararse" (de "largarse", como decíamos), mi incapacidad para soportar ciertas formas y usos impuestos provocó mi rechazo absoluto.
Por desobedecer estas normas las cosas se demoraban y no iban a la velocidad que deseaban las escasas pretendientas que tenía. Entonces o se iban en busca de otro más conservador y expeditivo -creo que la gran mayoría; y si fue así, mejor para ellas y para mí-, o favorecían (como lo hacía yo) ese momento en el que una mirada, un beso o una caricia desencadenaran todo.
Aparte, tengo una especie de despiste soberano. Debo reconocer que no me suelo dar cuenta si alguien me tira onda. Y eso me pasó con mayor asiduidad a medida que me hice hombre.
Y he sabido decir que no, cuando iba a hacer doler, o cuando no estaba convencido, casi siempre (ese "casi"...).
Y para terminar el explayamiento, creo haber dicho por ahí que más me gusta una mujer, más retraído y cauteloso me pongo. Si hay algo que me sobra, es palurdez.
Ahora las cosas no cambiaron mucho. Esas mujeres que me presentan o me conocen por algún fortuito episodio, aparte de ir a buscar otros brazos más rápidos, suelen convertirse en amigas, compinches, conocidas. Si entran en confianza me dicen "vos me gustabas, boludo", provocando un atónito gesto de ojos abiertos como plato, porque seguro no me dí cuenta.
Mi sentido de la amistad es tan amplio que es raro que alguien que me muestre algo de simpatía no entre en mi sufrido universo de amigos. Y ahí están muchas de mis defraudadas admiradoras.
Y acá entra el verdadero motivo de este post.
Entre mis amigos, conocidos y adherentes hay remiseros, artistas, cadetes, gerentes de empresa, periodistas, funcionarios, cantantes, profesores de inglés y hasta un basurero auténtico.
Mujeres, hombres, negros, blancos, héteros, homos, de todo.
"Un yerbatal", como me dijo alguien.
Entre ellos, un policía.
Ése que hace un rato, en un antro de mala muerte y entre sonrisas condescendientes, esperó a que terminara de bailar un vals de Strauss con el que pretendían echarnos a las 6.00 a.m..
Pasó que un rato antes dejé de oir a Tom Waits en mi cabeza y me digné ser, como casi siempre, causa y promotor del desconche al bailar AC/DC y Strauss en continuado, mientras el resto del palurdaje se prendía, y el "straight world" salía al exterior ordenadamente, mirándonos con curiosidad y desconfianza.

Tomando los últimos mates me doy cuenta, como tantas veces, porqué soy como soy, y porqué me gusta ser así y no de otra manera.
Ah, sí, sobre eso no hablé. (Ya se me acabó el agua...)
Anoche le dije no a alguien de la mejor manera posible. Y estaba tan contento, que armé ese famoso desconche.

Hay mañanas de domingo en que no seré la estrella más brillante, pero estoy cerca.