11 febrero 2007

Escritura automática.

Una vez que mi hambre lector se confirmó como voraz y percibí que todo lo que caía en mis manos era tragado velozmente -sin ningún plan, ya dije- y ante la desesperación de no poder leer más, empecé a escribir, tímidamente. Creo que fue a los 9 años, más o menos.
Escribir tiene dos cosas que me apasionan: depende solamente de mí y consume muchísimo tiempo. Mientras tenga tiempo y ganas, escribo.
Tomando estos antecedentes, uno cree que a esta altura el corpus de mis escritos ocupa varios volúmenes de manuscritos, bocetos, borradores y pulidas obras completas, que he tenido la prudencia de mantener guardadas y ocultas.
Pues no. Nada de eso. He quemado o tirado casi todo lo que he escrito. De hecho, algunas cosas terminadas ardieron en hogueras secretas. Escribí decenas de cuentos, la mitad de una novela corta, un libro de ensayos en los que tomaba pasajes bíblicos y los aggiornaba, y quizá miles de páginas sin más contenido que cosas bastante parecidas a la escritura automática de las que un Kerouac, Cummings o un Bretón sacaban genialidades (en fin, no comparar más allá de eso).
A medida que fui creciendo, mis escritos pasaron de ser meras copias de lo que leía a contener casi todo lo que me rodeaba, y lo que es peor, lo que consideraba faltante. Nunca lo hice con una conciencia de diario tradicional, pues tuve intuición de que se escribe en un diario sabiendo (como dice Susan Sontag en el suyo) que al final termina siendo leído.
Me limité a dejar fluir en tinta todo lo que me pasaba y lo que no (sigue siendo la manera más dolorosa de hacerlo, porque puedo escribir mucho más fácilmente pretendiendo ser otro), sabiendo que eso jamás vería la luz. Entonces escribí sin muchos tapujos. Como lo hacía a mano, casi sin corregir, mi cabeza desvariaba as usual y las historias terminaban dando rodeos infinitos.
Recuerdo una historia, basada en el Gedeón bíblico, cuya verdadera sustancia no podría llenar dos páginas, pero que las disgresiones hacían que engordara doce.
Entonces, un cierto sentido crítico hizo que dispensara al resto del mundo de leer esas cosas. Y una vez que leí a Hemingway tuve que convencerme que para ser escritor, primero hay que vivir.
Jamás dejé que nadie me leyera, salvo algunas cosas muy tempranas que mis padres creían tener derecho a leer sin consultar. Estar demasiado tiempo enfrascado escribiendo alertaba al entorno, que hacía la pregunta más fastidiosa que existe para los jóvenes escritores "¿qué estás escribiendo?") La mera suposición de que algo corría peligro me obligaba a huir al fondo de casa para sacrificarlo.
Con los años, me acostumbré. Escribía algo hasta que me hartaba, lo dejaba un rato. Lo releía y ya era un cadáver en descomposición, esperando ser cremado.
Ahora mismo, este blog tiene decenas de cadáveres descomponiéndose. Cosas que no verán la luz o que sufrirán de reescritura masiva. Sin contar lo que ya he borrado.
Si esto es lo que publico, imaginarse lo que desaparece es sólo para masoquistas...
Pero algo irá quedando.