25 enero 2007

Job, al final, es un salame.

Yo no creía en la suerte, creía en el esfuerzo. Pero eso fue hace mucho.
Todo empezó así:
La mayoría de las religiones que prometen castigos y redenciones tienen problemas con el bien y el mal. Es un ripio al que siempre se llega. Tiene un solo origen: intentar explicar la inexplicable demora del castigo que se anuncia inevitable - y que nunca parece llegar- del impío.
Si, es un párrafo flagrantemente farragoso (y se está poniendo cacofónico).
Pero es así: alguien comete una deliberada, alevosa, evidente falta al códice ritual y el dios de turno no le parte la crisma con un rayo, o algo similar.
Uno puede figurarse que el planteo siempre se refiere a los otros, pero todos sabemos que nosotros mismos tenemos nuestras agachaditas en privado -a veces, sólo pensamientos "¡que se muera!" cuando nos colman la paciencia- y nada pasa. Ni hablar de cuando un funcionario le vende leche en mal estado a los niños carecientes y anda por ahí, como si nada. Dios no lee los diarios.
La religión hindú y sus muchas derivadas dejan para resolver esto con las castas, los ciclos del Patala o Suarga, el karma y las reencarnaciones. "Portate bien y reencarnarás bien". Todo bien, mientras te importe reencarnar bien.
En cambio, una vez que la religión judía reinventó de los dioses cananeos una deidad tan perfecta -e indefinible- como Yavéh tuvo que dedicarse a justificar cómo alguien todopoderoso se fue apichonando y poniéndose tímido.
A medida que se escribían (y reescribían) los libros sagrados se iban necesitando escatologías como Seoles, Infiernos, Paraísos, Purgatorios -y los famosos Pecados- que fueran justificando, precisamente, que acá si no usamos a la famosa Ley del Talión, nada pasa, si se roba lo suficiente.
Quizá el primer prurito que se muestra en el Antiguo Testamento esté en el Libro de Job. Una especie de demostración por el absurdo: en vez de decir porqué no se castiga al impío, en este libro se intenta acreditar porqué el justo a veces es castigado sin explicación. Difícil tarea explicar porqué Dios no sólo no castiga a los impíos, sino que castiga a sus "justos", que los teólogos judíos y cristianos se toman muy a pecho y terminan sin resolver, a mi entender.

Yo, señores teólogos. Yo -este simple muchacho- desmiento la Providencia Divina y me río de sus apologéticas.
Cuando me porté bien, me fue mal. Y cuando me porté mal, me fue mal, también. Y como soy agnóstico, pero no boludo, tuve que aceptar que existe algo así como la suerte. Necesito que exista para comprender la que no tengo.
Parece que favoreciera, a veces, a los más estúpidos. "No hay tonto sin suerte", dice el refranero. Nunca va a faltar el odioso cándido que se tome su suerte a risa: el saldo en el banco estaba mal -que no lo estaba, pero si el banco dice que me debe, me debe-, que por perder el ómnibus se salve de un accidente mortal, o que por el mero hecho de ser simpático y despreocupado le cae bien a alguien que le hereda una fortuna -teniendo la, ejem, suerte de morirse pronto-.
O el otro que vive sin darse cuenta de que todas las estrellas, el azar y la chiripa están de su lado.
Hay gente que va por la vida con todos los boletos comprados.

A mi me venden siempre números de la clandestina...

Salame, y sin suerte...