21 enero 2007

Desesperación

Domingo por la mañana, salgo a caminar un rato. Día de sol, no tan insoportable a pesar de Enero. No dormí bien y tengo que despejarme.
Al cabo de unas cuadras de precalentamiento una sensación se va apoderando de mí. Puedo oír que de entre los escasos viandantes dominicales, salen notas, escalas diferentes.
Si le asignamos a cada estado de ánimo que cruzo, a cada espíritu de paso, un arpegio musical acorde, podemos ir afinando una especie de melodía de domingo. La marcha de mis pasos podría ser el propio ritmo de la pieza: "andante, con brío".
Los primeros ejecutantes son los típicos turistas recién llegados, de los que viajan muchos en un solo auto. En San Luís los identificábamos como "los menducos". Son bastante vilipendiados porque "se traen hasta el agua de la casa". Estos; fieles a la premisa, aunque no tengan pinta de mendocinos, se trajeron hasta el agua de la casa. Suman su nota a la sinfonía matutina, digamos: "alivio" (¡llegamos, por fin!). Hay un eco de desesperación, sin embargo, en los más jóvenes ("¿A esta mierda llegamos? Decime que no…").
Sigo caminando. Madre con hijo a los tirones. "¡Comprame, comprame!". En la joven mujer leo: “Desesperación". ¿Eh? ¡No, es una madre con su hijo, no puede estar desesperada!
¡Lo está! Sus ojos son de desesperanza, de dobleguez, de angustia. Madre joven. ¿No tendrá marido, novio? Como si eso fuera garantía. Y suspira.
“Bueno” -asumo, con imaginario fruncimiento de hombros, que no puedo saber qué le pasa a esta joven madre-, agrego su nota de desesperación y sigo caminando.
Paso por delante de un puesto de diarios. Pocos diarios nacionales, ninguno local. Algunas revistas algo atrasadas. El canillita me mira, indolente. Lo miro mirarme, pero en realidad, escucho su desesperación resignada tan potente, que de repente la sinfonía de todo el domingo se va al carajo.
Mierda, este tipo aturde, sí que está desesperado. Ni un diario del día le queda ya, y aún está soldado al puestito. No tendrá dónde ir, o es temprano aún. No sé, pero esos ojos no mienten. Eso es desesperación.
¡Maldición, la sinfonía dominical se me está degradando! Intento retener alguna nota lejana, como la de aquella señora baldeando la vereda de enfrente.
La observo. Mejor dicho, la escucho: Acaba de tirar el último balde de agua. Con parsimonia toma la escoba apoyada en la pared. Parece concentrada en lo que hace, pero está absorta. Se le puede adivinar el ensimismamiento porque, en medio de una enérgica barrida, se detiene con la escoba en el aire. La asienta distraídamente y apoya ambas manos en ella. Mira hacia un lado de la calle. Suspira. Se encoge de hombros de verdad (no como yo, que lo hago mentalmente), sacude la cabeza (y una idea, seguro) y retoma la barrida con ritmo acelerado y nuevos bríos. Se detiene otra vez. Está de espaldas a mí, pero puedo ver su desesperación en la cabeza gacha, la mano derecha colgando laxa paralela al enjuto cuerpo. Barre para distraerse, es evidente. Y no lo consigue. Sus notas son de una desesperación resignada, casi más que cualquier otra cosa.¿Espera a un hijo, que nunca viene?.
Con un poco de aprensión, pero sin detenerme, sigo mi ritmo andante.
Un policía. El famoso policía de la esquina, aunque está a mitad de cuadra. A medida que voy llegando a su posición, reconozco un gesto (que yo tengo); mirar el celular una vez por minuto, esperando alguna revelación que se niega. Un mensaje, seguro. El policía se siente sólo (es apenas un gurí de veinte años, no más), con los ojos que van de los escasos caminantes al celular, alternativamente, en busca de una razón quizá, para irse de ahí. Todos lo ignoramos, en realidad. Pobre señor Policía.
(Ser policía, a los veinte años, y que te manden a cuidar nada un domingo a la mañana. Si no te desespera, estás condenado. Algún día te vas a acordar de este domingo y te vas a desesperar del todo. Una especie de preludio, pero la desesperación ya está ahí, en ese mensaje que no llega. Te entiendo, Policía. Casi somos hermanos.)
Rediós ¿habrá alguien que entone esta mañana una pequeña escala de tranquilidad, de paz?
Paso por las paradas de los colectivos. Poca gente. Todas mirando hacia dónde se supone vienen los ómnibus. Algunos se ponen en puntas de pié. Otros hacen fintas tratando de ver si ése que viene es un 103 o un 101. Esa gente tiene pinta de estar esperando hace rato. Proverbial la falta de ómnibus en esta ciudad. Algunos bufan. Es hora de llegar a algún lado. Y están ahí, inmóviles, con el cuello que se les crece oteando el pedacito de horizonte contenido entre las paredes de las casas que cercan la calle. Si hay alguien que sabe qué es la desesperación es aquel que esperó un colectivo que no llega; cuando tiene, debe, estar en otro lado. Resumiendo, algo de desesperación se promedia entre estos potenciales pasajeros de a pie. Y dale que va.
Sigamos con la sinfonía desesperada.
Cruzo una bocacalle y dos pasos más allá de la esquina, un humilde puestero ambulante me mira. ¡Con desesperación! Miro sus mercancías –ralas, casi inexistentes: unos encendedores, un reloj despertador que pide que lo apaguen a puro grito de “pirí pipi”, escasas fundas de celulares, tres pomaditas- exhibidas sobre un lienzo de color indefinible. El hombre necesita clientes con ¡desesperación! y yo ni siquiera fumo y ese pirí pipi puede llegar a enfermarme todo el día si lo escucho aunque sea una sola vez a la mañana. “Lo siento, no tengo nada que comprarte”. Se lo digo con la mirada. Baja la suya y disimula. ¿Qué disimila? Su desesperación.
Lo dejo atrás, sólo quedan unas dos cuadras hasta casa. Voy totalmente sólo por la calle. Al cabo de los primeros cien metros, me doy cuenta de que la sinfonía desesperada sigue ahí.
Imposible. ¡Si estoy solo! Me detengo, miro a los costados. Miro mis puños cerrados. Percibo mis tripas dadas vuelta. La mente nublada, que no me dejó dormir. Sacó por enésima vez el celular. Ningún mensaje. Miro al cielo azul, con desesperación. Me encojo de hombros. Suspiro. Yo también espero a alguien y quiero estar en otro lado.

No, la gente no está desesperada.

El desesperado, soy yo.