18 diciembre 2008

Russians love their children too

La música, a lo largo de mi vida, se conectó conmigo -y viceversa- de muy variadas formas. He dejado constancia aquí de que tengo gusto para casi toda la música tocada con cierto esmero, algo de respeto y corazón. Después, algunas cosas me gustan más que otras, a veces por temporadas o por mera identificación. 

Con respecto a la música clásica y sus aledaños tuve muchas etapas. Épocas en las que casi sólo conviví con Mozart, Bach y Vivaldi. Otras con Beethoven, Mendelssohn, Liszt y Berlioz. Y otras con Debussy, Ravel y Dvórak. Como con cierta poesía, la lírica me confunde bastante y la evito siempre que puedo, a veces me dejo impresionar por Verdi. Pero la Ópera no es lo mío.

A pesar de mi veleidad, siempre estuvieron ahí, atemporales, los rusos. No sé que tienen. Tchaikovsky, Mussorgsky, Shostakovich, comparten una textura, pero no un tiempo.
Eternos, modernos y antiguos. Orientales y occidentales. Tan ambiguos como sus mismos escritores.

Los escritores rusos. No me considero un especialista, apenas si he leído a Dostoievski, Gorki, Gógol, Tolstói, Pushkin -por mencionar los decimonónicos más importantes- y no puedo ocultar la fascinación que me provocan. Ellos también tienen otro tiempo, otro ritmo. El alma rusa, debe ser.

Después, cuanta cosa cayó en mis manos que desvele el velo ruso (o la Cortina de Hierro, más bien): desde el libraco sobre Lee Harvey Oswald (otra de mis obsesiones antiguas) de Norman Mailer hasta las recientes páginas de internet que muestran el estado de abandono del que supo ser el país más grande del mundo.