04 diciembre 2006

Y entonces Pitufo Gruñon dijo: "Odio la Navidad..."

... y Año Nuevo también.
Y no tiene nada que ver con mi carácter agnóstico. Puedo festejarte un San Patricio perfectamente integrado al ambiente, Nadie sospecharía que no soy irlandés ni mucho menos católico (ebrio por lo general hablo en inglés, y sobre todo si estoy peleón), cosas que se me intuyen natural y erróneamente, por más austro-tana que sea mi ascendencia.
Colecciono sensaciones bastante tristes que hacen que vea la Navidad y el Año nuevo más por sus cuestiones negativas que por las supuestamente positivas.
Para mí, navidad y soledad son casi sinónimos. El problema es que a) nunca pude pasarla solo, b) o lo que es peor, a veces rodeado de desconocidos, c) están los que no quieren sentirse solos y se sienten indefectiblemente mal; y d) están los que se quieren sentir bien a toda costa para olvidarse de esa(s) silla(s) vacía(s).

He aquí una somera enumeración de malas navidades:
  • Cuando infante, todas las navidades que pasábamos en familia promediaban con la escucha obligada, tío por tío, de mi abuelo cantando canzonettas. Decí que se dignaban hacerlo con auriculares, que si no era como repetir su velorio a cada rato.
  • Cuando adolescente, ya bastante ateo como para que la navidad no fuera más que una buena excusa para beber, recuerdo una noche ir a los piques para llegar antes de las doce a casa y tratar de no perderme el brindis (la cara de mi viejo podía durar meses si llegaba a ese colmo de la traición a la "vida en familia"). Pasé entonces, corriendo como dije, por la farmacia del pueblo y veo al farmacéutico (un hombre jovial, capaz de hacer las bromas más graciosas y pesadas, a pesar de ser ya un "hombre grande", futuro suegro eventual de mi hermano) sentado en el umbral de su casa, solo y triste. Sus hijos estaban evidentemente en casa de su ex mujer (la otra farmacéutica del pueblo). Paré, le pregunté un par de güevadas, me quedé unos minutos dándole cháchara insustancial. Me senté en el cordón de la vereda. Se percató de la hora y me dijo: "Andá que el Tano te debe estar esperando", con una sonrisa. Entendí a qué se refería y me fuí. Me dijo "Gracias", con los ojos brillosos, sin dejar de sonreir.
  • Un primero de enero, apenas pasada las doce, después de saludarnos en la plaza principal de mi pueblo, Titino se mató en una moto ante mis ojos. Esa noche fue mi debut con la muerte de un amigo, de manera cruenta y estúpida. Y no fue la última.
  • Odio las negociaciones previas, sobre donde va a pasar cada uno y con quién. Y el secreto resentimiento del que dice: "no, yo no salgo, me quedo en casa" y descubre que, en efecto, se queda solo y en su casa.
  • Que los turros que durante el año me las ponen ásperas sin necesidad, los que opinan que mi vida es una mierda, que no tengo remedio y que soy el peor de todos, me anden deseando felicidades. Sus felicidades, seguro, son un infierno para mi. Que les recontra.
  • And so on...
Ni hablar de toda la mierda benevolente llamada "espíritu navideño", que no es más que la continuación de la hipocresía interesada inculcada cuando niños detrás de la frase "portate bien que el niño Dios/Papa Noel/quién poronga sea te está(n) mirando y no te traerá(n) regalos".
En fin, en Navidad, iré a un lugar en donde NO se festeje una mierda. Y me portaré más mal de la cuenta.
Y no haré ningún balance, a ver si la vida se aviva y me ajusta las tuercas.