19 diciembre 2006

Sleeper Code.

Dice mi vieja que he sido lerdo para hablar, a la par de ser un niño extraño. Contemplativo, que gustaba de jugar solo.
Como a los dos años me largué, después de varios concilios familiares para decidir si tenía o no perfil de autista. Ahora puedo hablar horas y horas sobre nada en particular. Pero aún puedo callar cosas que nunca dije.

He aprendido a leer casi sin darme cuenta, entre los cinco y los seis años: Mi papá agarró un diario Clarín (nunca se usó para mejor cosa), y en el margen superior puso mis nombres. Me siguió mostrando las letras en el diario y en un rato estaba balbuceando mentalmente los fonemas.
Pobre, mi viejo se creyó bueno para enseñar por culpa de mi rapidez.
Al poco tiempo estaba leyendo Pelopincho y Cachirula. En preescolar no podía creer que nadie supiera leer. Recuerdo que era el lector del aula, sobre todo de los papelitos del Pibe Bazooka.
A los 10 años leí el Decamerón, de Bocaccio, y Justine, del Marqués de Sade, a escondidas (me habían dicho con seriedad que esos libros no los tocara, con lo que no hicieron más que estimularme) entre Mangocho, de Constancio C. Vigil y El Corsario Negro, de Salgari, lecturas elegidas.

El inglés fue muy fácil, también. Era el que leía primero en clase cada nuevo capítulo. La profesora, para mi vergüenza y padecer, me ponía siempre de ejemplo (en el recreo algún adoquín se quería cobrar la afrenta, pero eso no hizo más que hacerme duro y peleón).

A los doce años, a mi pesar, mi vieja insistió en mandarme a clases de guitarra porque no teníamos piano (ni dinero para comprarlo), que era lo que yo quería.
Fuí a tres clases: un inconstante profesor me hizo escribir el cifrado de unos ocho acordes, no más, y las letras con los cambios de esos acordes debajo de las sílabas correspondientes, en las letras de "Zamba de mi esperanza", "Luna Tucumana", "Las dos puntas", "Zamba para San Luis " y "Coplas del valle".
Nunca más fuí a una clase de guitarra (si, se nota, ya sé).

A los trece años cayeron en mis manos dos números de la revista "Mi Computer" que finalizaba con un minicurso de BASIC, un lenguaje de programación.
Aprendí los rudimentos de la programación sin nada parecido a una computadora cerca (ni siquiera sabía que algún dia vería una). Fue casi más sencillo que aprender a leer.
Al tiempo fui a una academia, en menos de un mes mi profesor me había becado y al año me daba pedazos de código para que hiciera (y también daba clases en diversos pueblos de San Luis a gente que me doblaba en edad, cual Sarmiento informático.

Sin embargo, tal cual dice Asimov en su biografía, a medida que crecía dejaba de manifestar aptitudes sobrenaturales con mi capacidad de aprendizaje e ingenio, y me encontraba con que era cada vez más dificil sobresalir. Sólo me catalogaban de extraño, nada de "Ohhh, entiende física cuántica!".
Enterré mi reputación de geniecillo en el ajeno manto de piedad por mi "desperdicio".
Sí, me convertí en un desperdicio muy joven.

Ahora estoy aprendiendo otro lenguaje.
Su alfabeto es como una especie de código morse. Su lectura es difícil, pero me apasiona.
Se lo puede aprender en la respiración, pausas y suspiros de la persona que uno quiere, velándola cuando duerme.
Si se toma uno el tiempo suficiente para interpretarlo.