03 noviembre 2006

Selección Natural

Últimamente salgo generalmente solo los fines de semana. A pesar de que, obviamente, tengo amigas y amigos para hacerlo. En fin, ando bastante solo en las madrugadas.
Resulta que desde que he vuelto a la soltería descubrí que soy el único suelto del grupo de amigotes varones. Estos pescados fueron cayendo uno por uno y persisten.
Ellos me invitan a interesantes salidas ("pero temprano, eh?") bastantes naif, o a otras más interesantes si cabe, con sus parejas.
Declino esas invitaciones siempre que puedo, invocando que se me queda solo el potus y se pone amarillo, o que tengo que escribir un libro sobre el grave problema de la masturbación de los monos adultos del áfrica septentrional, y estoy retrasado para la entrega.
¿Porque? Porque soy de esos pibes con los que mi vieja no me dejaba juntar. Es decir, mala influencia. La manzanita podrida.
A las pruebas me remito: el amigo de la adolescencia, mi hermano postizo, la carne de mi uña se separó por mi culpa. Historia larga, pero resumida en esto: yo me puse de novio, y como no podia ser menos, él también. Pero ya estaba casado, el muy tonto.
Otra: mi amigo y filósofo correntino D. Pessinovsky era el último mohicano. Se quedó medio solo cuando yo me enyunté. Permaneció fiel a su soltería, pesando, juzgando y apartando candidatas, hasta que un día encontro la correcta. También ingeniera, como él. Hablan entre ellos con coordenadas trigonométricas, logaritmos y ejes cartesianos. Son la pareja perfecta.
Mientras me mantenga al margen, tal vez duren.
Otra vez, ¿porqué?
Porque hace unos años éramos tres. El ingeniero filósofo correntino, un ingeniero uruguayo y yo. El yorugua era casado y sólo compartiamos el ámbito laboral, pero éramos muy amigos.
Un día se me ocurrió que salieramos los tres. Salimos. El charrúa estaba totalmente descolocado y le fuí presentando gente. Entre esa gente, mujeres, de la manera más natural.
Saliendo una vez del trabajo, se paró en seco en la calle. "¡Que mujer por DIOS!". Delante nuestro caminaba una rubia en trajecito entallado, muy elegante, toda piernas y cinturita de avispa.
"Ah! Es Fulana, la conozco", le digo con aire canchero.
"¿Me la presentas?
"Bueno", dije ingenuamente.
Pensé una excusa pelotuda para alcanzarla y abordarla, y nos fuimos tras ella.
Los presenté, después de preguntarle por alguien que sabía que estaba en otra provincia. Al final quedamos en vernos algún fin de semana.
Una de mis amigotas cumplía años y me dijo: "llevá alguno de esos paspados amigos tuyos, aunque sea que sepa bailar un poco, pero que no parezca enfermo del mal de San Vitto y que se bañe por lo menos una vez cada tanto". Flor de misión. Mi amiga ya conocía la runfla que me servía de ambiente social: rockeros sucios, nerds tímidos, o destartalados varios. Y me había reducido la lista a sólo los nerds (que se bañaban bastante).
Así que miré a mis amigos ingenieros, me dije "estos seguro saben bailar" y les tiré onda (olvidando que el uruguayo estaba felizmente casado). Total, el cumple era temprano y después nos iríamos a bailar en grupo. Ellos podían desertar ahí, si querían.
Resulta que en la fiesta estaba la rubia-cinturita-de-avispa, y el pobre ingeniero dejó de pensar en su santo hogar para rondarle alrededor como un escuálido escualo.
Se sentaron juntos, conversaron toda la noche, y a la hora de ir a bailar, se fueron los dos adónde uno se imagina.
El correntino me miró como diciendo "se arma quilombo, seguro". Me encogí de hombros.
La historia termino mal (o bien, depende de quien la mire): la esposa (novia desde el viaje de egresados de la secundaria) del uruguayo lo rajó de la casa, éste salió un tiempo con la rubia, para terminar viendo que el mundo era más divertido de lo que él creía y volverse un latin lover insoportable. Tiempo después, se volvió a Uruguay, donde reside hoy. El correntino me acusa de haber creado un monstruo.
Hace unos días me crucé con la ex mujer del uruguayo. Todavía me mira con reproche.
Si, mejor me mantengo alejado del correntino...